Estoy
leyendo el libro de Juan Luis Arsuaga: El collar del neandertal, cosa que os
recomiendo que hagáis por lo ameno que hace el relato de la “historia” de esa humanidad
paralela que constituyeron los neandertales. También recientemente estuve en la
réplica de las Cuevas de Altamira y como no podía ser menos salí de allí
sobrecogido por la magnitud del recorrido que hemos hecho en los escasos miles
que años que nos separan, pero también por lo cerca que me hizo sentir de los seres
humanos que habitaron aquellas cuevas.
Cuando
escribo en la bitácora, a veces, lo hago movido por la prisa y la urgencia de
comunicar algo pero, otras veces, como quisiera que fuera ésta, con la convicción de que estamos muy lejos de
entender la dialéctica de los sexos y que si avanzásemos en ese conocimiento quizá
no cometeríamos la cantidad de errores que se están cometiendo en el presente.
O dicho de otra manera son demasiadas las cosas que desconocemos sobre este
asunto por lo que haríamos bien en guardar
una parte de nuestra inquietud e interés por algo de mayor alcance como sería
explicar por qué somos como somos y nos comportamos como nos comportamos y sobre todo por qué lo hacemos como lo
hacemos en la interacción de los sexos.
En mi
opinión hay un algo todavía por descubrir en las relaciones hombre-mujer que
sería lo que explicaría por qué los hombres solemos ser mucho más severos en
los juicios y las exigencias con otros hombres, sin embargo en la sociedad se
ha instalado el sentimiento de que la única violencia existente es la que
enfrenta a los sexos, peor, la perpetrada por los varones contra las mujeres.
Si un grupo de hombres pretendiese basar sus exigencias frente a los demás en
base a una encuesta en la que solo se recogiesen sus opiniones, el resto
daríamos a esa encuesta un valor nulo, pero eso es lo que ha hecho el
neofeminismo en toda Europa en relación con las mujeres y el resultado es la
legislación de género y contra la violencia que todos conocemos.
Si un
grupo social cualquiera pretendiese presentarse como las víctimas de ese
sistema social pero al tiempo los datos indicasen una mayor esperanza de vida,
la exclusión de los trabajos de riesgo y esfuerzo, el mayor consumo de cuidados
de atención personal y de productos de belleza, o la aceptación pasiva de que aspectos tan sensibles como la reproducción, la educación de los hijos y el
vínculo familiar perteneciesen casi en
exclusiva a ese grupo y una legislación que cubriese el acceso a aquellos
ámbitos de más difícil acceso, pero sin la contrapartida de ninguna limitación
en aquellos otros en los que se es mayoría, el regocijo primero y la expresión
de incredulidad después seguro que serían las reacciones más comunes. Eso es lo que pasa con el grupo social: mujeres, y tal reacción ni se produce ni ofreces visos
de ir a producirse en mucho tiempo.
En el
libro citado se echa por tierra la “hipótesis de la abuela” de Kristen Hawkes y
otros, para explicar el por qué de la menopausia en las mujeres pero muchas
otras cosas como el cuestionamiento de nuestro papel como proveedores o el porqué de nuestra longevidad y
que fue profusamente utilizada para ahondar en la idea de que los hombres nos
habíamos inventado un pasado mítico para justificar “nuestros actuales privilegios”.
Por supuesto que tal cosa no afectará a la actual cruzada neofeminista para
quien si el pensamiento o la ciencia no son de su agrado con atribuirle una
intención patriarcal es suficiente. Pero,
por supuesto que entre los hombres la reacción no será de mucho mayor
entusiasmo.
Como
dijo Sherlock Holmes: Solo se puede ver lo invisible si se lo está buscando.