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22 enero, 2011

El feminismo y la guerra de sexos

El feminismo y su “igualdad”, (una igualdad que en su tosquedad nos pretende idénticos sin que eso libere a los hombres de una culpa que expiar y una deuda que saldar, y a las mujeres de unos derechos históricos de los que resarcirse), nos está conduciendo a todos a un callejón sin salida que está provocando mucho dolor e impotencia, y amenaza con seguir haciéndolo durante mucho tiempo por la inhibición de la mayoría, y porque una minoría  ideologizada y cargada de prejuicios, constituida en lobby,  ha sabido hacerse con todo el poder e imponer que esto a quien compete es a ellas.

El feminismo dominante y muchas mujeres actuales, hijas en buena medida de las anteriores oleadas del feminismo, se han empeñado en sostener que la mujer es igual, cuando no mejor, que el hombre en cualquier ámbito de la sociedad y el conocimiento*, y, como eso jamás se ve plasmado de forma exacta en la sociedad, en lugar de replantearse el acierto de sus ideas, han decidido que si no está sucediendo en esos términos sólo puede ser debido a que la mano negra del hombre lo está impidiendo y por tanto es necesario actuar en consecuencia.

*En honor a la verdad habría que decir que las comparaciones que el feminismo realiza son con aquellos hombres con poder, olvidando a esa inmensa mayoría de hombres que no sólo no gozan de ningún poder, más bien constituyen la mano de obra del sistema, sobre la que recaen los trabajos duros y pesados y las tareas que nadie más quiere realizar. Al mismo tiempo hace también como que olvida a esa multitud de mujeres de vida fácil y cómoda que no tienen inconveniente en no acudir al mercado laboral porque hay un hombre que trabaja para ellas, o  se arroga sin ningún rubor todos los derechos sobre la reproducción.    

Pues bien, como esa realidad que ellas atribuyen a la mano negra del hombre perdura con el paso del tiempo, y en su imaginario sólo cabe atribuirla al incorregible afán dominador y explotador del varón, han decidido actuar con todas las armas, particularmente el código penal, porque el objetivo irrenunciable es hacer ver que si en algún ámbito de la realidad social o de la cultura el hombre ha demostrado su superioridad sólo pudo haber sido como fruto de la fuerza y la coerción ejercidas contra las mujeres, de su dominio y  explotación. La tarea que el feminismo se ha fijado en el momento presente es: cambiar la masculinidad, cambiar al hombre, y para ello la mujer debe gozar del máximo de poderes.

Las pruebas de esa explotación de la mujer por el hombre  nunca acaban de ser puestas sobre la mesa y, en su lugar, asistimos a que, cuando parecía que se nos iba a ofrecer algo nuevo, en realidad lo que se nos dan son cosas como: techo de cristal, discriminación salarial y laboral, sexismo del lenguaje, exclusión con malas mañas de los puestos de responsabilidad: sea en la Universidad, la política, la economía o el campo que se desee, todo ello teñido de un enorme subjetivismo con el que se pretende sustituir cualquier posible contraste con la realidad. Ni que decir tiene que  todo ese arsenal de conceptos vacíos no es capaz de resistir la más mínima prueba de los hechos y en sí  constituye el mejor ejemplo de construcción de una ficción, no para explicar lo que sucede en la sociedad y las relaciones de hombres y mujeres, sino para fundamentar una creencia y una ideología de lucha por el poder.

Lucha que se establece al modo de un nacionalismo de género excluyente y que considera al otro un bárbaro e ideología  fruto de una amalgama imposible de marxismo, relativismo y culturalismo que cumple dos funciones principales: el discurso feminista no está sujeto a contraste ni verificación puesto que su carácter justo se lo da su origen y contra lo que combate, de ahí que ni la autocrítica ni el balance sean necesarios y, derivado de lo anterior, en esta lucha todo vale. Llegados a este punto  el contraste entre la pretendida perfección de lo femenino como teoría y su plasmación práctica no puede ser más grande.

Pero como lo malo siempre se puede empeorar, no contentas con afirmar que la dominación masculina no ha disminuido en los últimos tiempos, más bien al contrario según su versión, han cerrado todas las puertas a un posible debate entre los géneros al afirmar que no existe territorio neutral donde éste sea posible, ya que incluso ámbitos como la ciencia, la informática o la política, son espacios en los que el hombre se refugia para seguir ejerciendo su supremacía.

Llegados aquí, al hombre las opciones que le quedan son muy limitadas resumiéndose en dos: o bien asume los postulados del feminismo de forma más o menos activa, o si no, cae de lleno en esa categoría que asimila cualquier discrepancia con los maltratadores. La lógica es o conmigo o contra a mí, y si estás contra mí te combatiré con las peores armas. Como señala Elisabeth Badinter, en relación con lo que este  feminismo propugna: “Es preciso, pues, luchar contra la dominación masculina como se combate el racismo o el fascismo.” (pág. 58, Por mal Camino. Madrid, 2004).

Ni que decir tiene que en el viaje a estos postulados las mujeres han encontrado en algunos hombres los más conspicuos acusadores de la condición masculina, destacando algunos de ellos como de los principales teorizadores del actual feminismo. Por el contrario, son también mujeres algunas de las más destacadas críticas de esta deriva y quienes con más acierto han puesto el dedo en algunas de las llagas de este feminismo. Pero lo cierto es que se han cerrado todas las puertas a cualquier terreno neutral o de diálogo  y pareciera que sólo cupiera la rendición total de uno de los sexos, el de los hombres.

Esta es la realidad actual de la guerra de sexos en que el feminismo nos ha metido, realidad que sin embargo, lejos de aparecer así,  para buena parte de la población lo hace de forma completamente distorsionada, ya que con gran habilidad están sabiendo aparecer no con el real papel que están jugando, sino justamente como las únicas víctimas. Por eso lo que pueda suceder en el futuro tiene mucho que ver con que seamos capaces de quitar ese velo con el que han tapado su verdadero papel y mostrar que, si no reaccionamos, víctimas podemos acabar siéndolo todos. No estaría mal por tanto dedicar algún tiempo y energía a estudiar qué es lo que no estamos sabiendo hacer   y  qué cosas nuevas convendría hacer si queremos salir airosos de  este reto.  

6 comentarios:

  1. Muy buen post Emilio. Un gran resumen de la situación en la que nos encontramos.

    Lamentablemente no sé qué es lo que está fallando para que estas ideas no tengan más difusión. Toda la situación me parece muy compleja y difícil de analizar, pero se me ocurren algunas ideas:

    La persistencia de la idea de que el feminismo es la búsqueda de la igualdad, cuando en realidad su prioridad son y siempre han sido los derechos de las mujeres.

    Que entre los críticos del feminismo existen personas que ensucian la imagen de todos y hace que otras personas que podrían compartir estas ideas no quieran acercarse.

    Los intereses económicos de organizaciones feministas y prensa para mantener la imagen de la mujer como víctima y del hombre como agresor.

    ... y tantas otras.

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  2. Lo que no acabo de entender Manu, es esa lógica social según la cual al feminismo dominante no se le exige que demuestre sus postulados ideológicos, ni se le pide que se aplique a sí mismo lo que demanda a los demás, como tampoco que no se le reproche que adopte como norma lo que denuncia como práctica sucia en los otros.

    El hecho de que jamás haga balance, ni autocrítica, ni sea capaz de admitir que al otro también le asisten derechos que no se le pueden negar por ser varón -y por tanto sospechoso de machismo- debiera interrogarnos frente a qué estamos que goza de tantas prebendas y, si no estaremos alimentando algo de lo que luego tengamos que arrepentirnos.

    La ideología y la práctica de este feminismo parten de que el otro no es un igual, de que el otro no está en el mismo derecho que una a opinar y exponer sus razones, que en última instancia se le puede ignorar porque él siempre ignoró, que incluso se le debe ignorar porque de otro modo se cae en sus redes de dominación.

    Recuerdo que uno de los más destacados miembros de Ahige tenía colgado un escrito en el que relataba las infinitas precauciones que adoptaban con él las compañeras feministas cuando coincidían en algún foro o acto público por el mero hecho de que fuera un varón y eso ¡tratándose de un profeminista de Ahige!

    El feminismo actual sólo entiende de lealtades inquebrantables y ve en todo aquel que discrepa un enemigo, en eso no se diferencia de ningún racista. Por eso no entiendo que quienes no aceptan las prácticas de los racistas, sí las acepten cuando del feminismo se trata. Desde luego en relación con el ideario liberal que tan bien expone Francisco J. Laporta en el siguiente artículo hemos dado infinitos pasos atrás. http://www.fisicomatematico.net/articulos/pais060318Laporta.pdf

    El campo de las libertades no para de menguar y el control administrativo y político no para de crecer. La democracia cada día que pasa es más imperfecta y a cada paso se le suma una nueva prohibición y una nueva restricción. Y las beneficiarias son siempre las mismas.

    El feminismo no hace autocrítica pero tampoco se le hace crítica, goza de plena libertad para exponer y defender su ideario en los medios sin tener que rendir luego cuentas, puede denunciar cualquier nimiedad contra la mujer y callar frente a auténticas barbaridades sobre los hombres. ¡Ojo! los hombres también.

    Que en ese contexto aparezcan como las víctimas mayores hay que reconocer que tiene su mérito.

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  3. Anónimo11:05 p. m.

    Ya se dijo en su momento. Querer comprender algo sin conocer sus causas cuesta mucho más. Es simple: el feminismo ha sido financiado copiosamente por la plutocracia desde la época de Margaret Sanger. Ha sido financiado por el regimen bolchevique y posteriormente por la CIA y la plutocracia ultracapitalista y por mediación de las influencias de ésta por la ONU. Por tanto el feminismo no tiene por que hacer autocrítica, reconocer sus dislates, permitir la palabra a opositores o disidente. El feminismo no necesita convencer a nadie de su hegemonía ni de su infalibilidad. Es en estos momentos más inmaculado y omnipotente que la figura del papa sin la desventaja de tener una cara que exponer. Se trata de la ideología oficial del sistema asumida por supuestos conservadores y progresistas. ¿Quien osará a alzar la voz?

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  4. Oyendo hablar a algunas personas parece que en España estuvieramos en alguna dictadura islámica, o que siguieramos en el franquismo de los años 50 o 60.

    Siguen usando los mismos argumentos feministas que se usaban entonces, e ignoran que todo ha cambiado. Quizás entonces no fuese necesario justificar su postura, pues la discriminación de las mujeres era obvia, pero hoy en día eso ya no es así. Es más, si algún sexo está discriminado en la letra de la ley yo diría que son los hombres.

    Sospecho que el feminismo no ve la necesidad de justificarse porque en su visión del mundo nada ha cambiado en estas décadas.

    Algunas llevan 20 o 30 años en posiciones privilegiadas en los medios de comunicación recriminando a los hombres su comportamiento a la mínima ocasión que se les presenta, e ignoran que los jóvenes veinteañeros de hoy en día han crecido escuchando constantemente mensajes negativos y han internalizado que nada bueno se puede esperar de ellos, que sufren de un mal de nacimiento (su masculinidad) que hay que curar, mientras que a sus compañeras se les insiste una y otra vez en que pueden conseguir lo que quieran. El resultado es que los jóvenes se retraen o simplemente se adaptan a las expectativas que se tiene de ellos.

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  5. Lo que sucede en todo esto Manu, es que como dice Humberto en el comentario a la entrada de hoy, nos han metido un gol por la escuadra, y yo añadiría que han aprendido a hacerlo y nos los meten seguido.

    Si se analiza el nuevo mantra del Poder masculino, volvemos a percatarnos de que lo que hay es sólo fachada, que en realidad el poder femenino es el que cuenta en la negociación de las pensiones pero en casi todo.

    Del mismo modo que he jugado con darle la vuelta a lo del sexismo del lenguaje en la entrada: Fracaso de las madres... se podría hacer con lo del poder masculino, nada mejor que situar a la gente frente al espejo para darse cuenta de lo que hay de verdad y que de mentira.

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  6. Muy cierto, los hombres nos vemos en una gran desventaja, actualmente las mujeres se ven en una gran libertad de hablar y decir lo que les de la gana de los hombres, hacerlos menos, criticarlos, etc. Pero en el momento en que un hombre alza la voz, e intenta dar una opinión, ya sea decir "estás mal, las mujeres no son superiores" o lo que sea, entonces ahí las mujeres atacan, con sus técnicas de avergonzamiento hacia el hombre: te tachan de machista, te dicen poco hombre, te dicen que así con esa actitud nunca vas a tener novia y al mismo tiempo, si estás en las redes sociales, te crean una mala reputación con las demás personas. Yo tengo una reputación de nunca callarme la boca y si una mujer es sexista hacia los hombres yo aplico un poco de igualdad hacia ella, revirtiendo las cosas: hablando sobre como las mujeres tambien aplican en esas acusaciones, y me han creado una reputación de ser un llorón o hablador o a veces sexista contra ellas, pero la verdad es que solamente no me quedo callado cuando algo que dicen me parece injusto.

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