La última entrada de ¿Quién
se beneficia de tu hombría? es importante por lo que dice, pero también por lo que sugiere, al demostrar que
la violación no solo no es un asunto tolerado y normalizado en el patriarcado
sino el principal resorte para mover a actuar a los hombres y utilizarse como banderín de enganche para alistar a los jóvenes a los ejércitos y la guerra, o justificar invasiones como la de Panamá y tantas otras.
En los varones existen resortes, más o menos inconscientes, que en
determinadas circunstancias nos llevan a poner en juego incluso nuestra vida si
se trata de proteger la de otros, en
particular la de mujeres y niños, y ese
mecanismo que en la entrada se relaciona con las acciones referidas a la guerra
se extiende, sin embargo, mucho más allá de ese momento apareciendo en
múltiples fórmulas de protección cada
una con su nivel de intensidad. En un comentario que colgué en la citada la
entrada decía más o menos:
El mecanismo es el mismo cuando hablamos de estos llamados
para alistarse e ir a la guerra, que
cuando en el Titanic, y tantas otras situaciones parecidas, se decide salvar a
las mujeres y los niños primero, pero en múltiples ocasiones de la vida diaria.
Recientemente criticaba en mi blog un artículo firmado por un eurodiputado: que ante el despilfarro de esfuerzo y dinero público que supuso la acción
impulsada por las feministas y llevada a
cabo por el Ministerio de Industria de unificar las tallas femeninas, arremetió
con toda intensidad contra unos cuantos intervinientes en la operación que, ¡oh
casualidad! resultaron ser varones, y lo hizo olvidando en todo momento cualquier reproche a las promotoras de
la medida.
Pero está presente en cada uno de nosotros. No hace mucho
tiempo un comentarista habitual en ésta y otras bitácoras y con un punto de
vista muy crítico hacia el neofeminismo,
no dudaba en reconocer que él como profesor tendía a puntuar mejor a sus
alumnas. Pero todos sabemos de la mayor benignidad de los tribunales de
justicia hacia las mujeres, o del especial orgullo que les procura a los
políticos poder ser el único varón invitado a una reunión de mujeres y la
especial satisfacción de poder anunciar una medida en su exclusivo beneficio.
O también como nuestras Cámaras no tuvieron gran problema, a
pesar de contar con informes desfavorables de los penalistas y en general de
todas las fuentes consultadas: RAE, Consejo de Estado, etc. para aprobar la LIVG
o, menos comprensible todavía, que cuando se hizo una reforma de la ley de
divorcio para incluir en ella la custodia compartida todo terminó de la forma
que conocemos y el Tribunal Constitucional tardó siete años en pronunciarse
sobre una cuestión de inconstitucionalidad que mientras tanto estuvo
perjudicando gravemente a los varones y sobre todo a la justicia, o las trabas
que el CGPJ está poniendo ahora mismo a la reforma de dicha ley en el sentido
de que sean los jueces quienes determinen cuando corresponde dictaminar una custodia
compartida, sin que hasta el presente se conozca ningún pronunciamiento en relación con
la práctica de resolver la custodia siempre a favor de la madre.
El neofeminismo desde luego no lo desea pero los varones
debemos reflexionar muy seriamente sobre aspectos de nuestro comportamiento en
los que el atavismo de la protección se antepone a cualquier otra consideración
y actúa haciendo descargar sobre otros hombres y sobre nosotros mismos pesadas
cargas que como en el caso de esos llamamientos a alistarse a un ejército en
guerra ponen en peligro nuestra propia vida. Y debemos hacerlo porque sería un
enorme fiasco que después de toda la historia de los dos últimos siglos el rol
del varón permaneciese igual a sí mismo y como siempre ha sido.