He vuelto a leer este artículo de Daniel Innerarity para comprobar que la perplejidad que me produjo la primera lectura no era cosa mía que veía extraños donde no los había. Y aunque sigo igual de perplejo, porque el mercado al margen de que no es un invento de nadie si por alguien ha sido maltratado es justamente por la izquierda que cuando no sabe a quién culpar de sus errores inmediatamente recurre a los mercados, quiero dar la bienvenida a esa propuesta si eso puede llegar a significar que se va a acabar con el descontrol de la tarifa eléctrica, o de los precios de la gasolina, de la telefonía o de la conexión a internet que como un misterio jamás aclarado siempre ha sido más cara y de peor calidad que en el resto de Europa.
Y dentro de la perplejidad no se acaba ahí mi apoyo a sus propuestas, particularmente a la expresada así “… que tenga el valor de aumentar las oportunidades para todos y contribuir a un sistema fundado sobre una verdadera meritocracia…” o también cuando habla de “… un sector público que no beneficia a los más pobres, sino a los mejor situados…”. Es decir, coincido plenamente en cuanto a lo que se debe hacer, lo que ya me resulta más difícil digerir es que esto pueda ser llevado a cabo por quienes hasta el presente se han encargado de tirar por tierra todos esos principios vanagloriándose de hacer todo lo contrario. Es como pretender que los mejores defensores de la laicidad puedan ser quienes han garantizado la financiación pública de la Iglesia a perpetuidad, aunque luego les guste provocar tormentas con los crucifijos en la escuela y cosas así.
Lo dicho, apoyo las propuestas de Innerarity referidas al mercado, la meritocracia y la dimensión del sector público, lo que me cuesta creer es que este programa lo puedan llevar adelante quienes propugnan tanto en la escuela como en general a nivel social todo lo opuesto y quienes tienen en su seno a los y las principales promotores de que las cosas no hayan sido así hasta el presente, particularmente todo lo referido a la filosofía logse y las políticas feministas contrarias a cualquier iniciativa en la dirección de premiar el mérito y la capacidad y, sin embargo dispuestas a confundir, en la educación, igualdad con homogeneidad y, en lo social, no discriminación por razón de sexo con identidad de los géneros. Y más allá de estas cosas anteponer los géneros a las personas, y arruinar la idea de ciudadanía como igualdad radical de todos los ciudadanos sin distinción de sexo, raza o religión.