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28 diciembre, 2011

A propósito de encuestas


Por enésima vez, de nuevo algunas encuestas, esta vez sobre la violación, antes lo habían sido la violencia doméstica o el acoso sexual, también la discriminación salarial, nos descubren como ya sucediera en los otros casos unas cifras que causan espanto. Lo que sorprende es que a estas alturas los medios sigan haciéndose eco de las mismas como si ninguno de los precedentes que se demostraron falaces hubiera existido. Como si no se hubiera demostrado una falacia y un ejercicio de mal periodismo aquello de: “Las mujeres cobran un 40 % menos que los hombres”. Porque también la imprecisión de las palabras permite que todo sea escurridizo y en cualquier momento se pueda decir donde dije digo quería decir Diego.

No es ya que no se respeten unas mínimas reglas de la sociología,  seleccionando de la población la muestra que interesa, por ejemplo en las de acoso o violencia doméstica, eliminando de la misma a los varones a quienes por principio se supone “culpables”, es que todo en ellas más que movido por una voluntad de conocer tal o cual aspecto de la realidad de los géneros, están concebidas con el propósito de confirmar las tesis de la iniciadoras de esta guerra de sexos, entre ellas Andrea Dworkin o Catharine Mackinnon, personas que traspiraban sexismo y misandria por cada poro de su cuerpo y, para quienes el hombre se había convertido en el enemigo a batir.

La ausencia de límites es de tal magnitud que la comisaria europea Anna Diamantopoulou ya en el año 2002, al anunciar la ley europea contra el acoso, dijo que “entre el 40 y el 50 por 100 de las mujeres en Europa había recibido solicitaciones sexuales no deseadas”, y que “el 80 por 100 las han sufrido en determinados Estados”. Eufemismo que acabará convirtiéndose en acoso a la hora de la encuesta y datos que, según esta corriente, han puesto sobre la mesa la necesidad de “reeducar” a los hombres, y frente a los cual Elisabeth Badinter expresa con claridad que: “El eslogan implícito o explícito de “cambiar al hombre”, más que el “luchar contra los abusos de ciertos hombres”, revela una utopía totalitaria.”

Por eso desde la modestia de esta bitácora me gustaría recordar que como mínimo habría que estar muy precavido contra teorías que transitan cómoda y alegremente de lo objetivo a lo subjetivo, de los hechos a la apreciación de intención, de una realidad observable y medible a una mera declaración, y que llegado el caso y cuando la apreciación subjetiva no es de su gusto se permiten corregirla aduciendo algún  tipo de alienación, como sucede con el denominado “acoso técnico” -cifra que corrige al alza la cifra de acoso para el caso de aquellas mujeres que por ejemplo no entienden como tal un chiste verde o un piropo-. Estos no son los procedimientos de ningún sociólogo, ni tan siquiera de una persona que entiende al otro como un igual y por tanto respetuosa con sus derechos. Si lo son de todo tipo de inquisiciones y totalitarismos, para los que si la realidad no confirma sus prejuicios, peor  para ella.