Por enésima vez, de nuevo algunas encuestas, esta vez sobre
la violación, antes lo habían sido la violencia doméstica o el acoso sexual, también
la discriminación salarial, nos descubren como ya sucediera en los otros casos
unas cifras que causan espanto. Lo que sorprende es que a estas alturas los medios sigan haciéndose eco de las mismas como si ninguno de los
precedentes que se demostraron falaces hubiera existido. Como si no se hubiera
demostrado una falacia y un ejercicio de mal periodismo aquello de: “Las
mujeres cobran un 40 % menos que los hombres”. Porque también la imprecisión de
las palabras permite que todo sea escurridizo y en cualquier momento se pueda
decir donde dije digo quería decir Diego.
No es ya que no se respeten unas mínimas reglas de la
sociología, seleccionando de la población
la muestra que interesa, por ejemplo en las de acoso o violencia doméstica,
eliminando de la misma a los varones a quienes por principio se supone “culpables”,
es que todo en ellas más que movido por una voluntad de conocer tal o cual
aspecto de la realidad de los géneros, están concebidas con el propósito de
confirmar las tesis de la iniciadoras de esta guerra de sexos, entre ellas
Andrea Dworkin o Catharine Mackinnon, personas que traspiraban sexismo y
misandria por cada poro de su cuerpo y, para quienes el hombre se había
convertido en el enemigo a batir.
La ausencia de límites es de tal magnitud que la comisaria
europea Anna Diamantopoulou ya en el año 2002, al anunciar la ley europea
contra el acoso, dijo que “entre el 40 y el 50 por 100 de las mujeres en Europa
había recibido solicitaciones sexuales no deseadas”, y que “el 80 por 100 las
han sufrido en determinados Estados”. Eufemismo que acabará convirtiéndose en
acoso a la hora de la encuesta y datos que, según esta corriente, han puesto sobre
la mesa la necesidad de “reeducar” a los hombres, y frente a los cual Elisabeth
Badinter expresa con claridad que: “El eslogan implícito o explícito de “cambiar al hombre”, más que el “luchar
contra los abusos de ciertos hombres”, revela una utopía totalitaria.”
Por eso desde la modestia de esta bitácora me gustaría
recordar que como mínimo habría que estar muy precavido contra teorías que transitan
cómoda y alegremente de lo objetivo a lo subjetivo, de los hechos a la
apreciación de intención, de una realidad observable y medible a una mera
declaración, y que llegado el caso y cuando la apreciación subjetiva no es de su gusto se permiten corregirla aduciendo algún tipo de alienación, como sucede con el
denominado “acoso técnico” -cifra que corrige al alza la cifra de acoso para el
caso de aquellas mujeres que por ejemplo no entienden como tal un chiste verde
o un piropo-. Estos no son los procedimientos de ningún sociólogo, ni tan
siquiera de una persona que entiende al otro como un igual y por tanto respetuosa
con sus derechos. Si lo son de todo tipo de inquisiciones y totalitarismos,
para los que si la realidad no confirma sus prejuicios, peor para ella.