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03 marzo, 2010

¿Feminismo inocente?

De un tiempo a esta parte, algunas mujeres y el feminismo en general acostumbrados a moverse por un mundo de unanimidades y el sí bwana de toda la clase política, reaccionan con gesto de no entender y actitud ofendida, al descubrir que hay personas que las responsabilizan de algunos de los efectos, unos directos y otros colaterales, de las políticas de género y las leyes llamadas de igualdad. Lo cierto es que hasta el presente el feminismo, que proclamó sus éxitos de los últimos años en las recientes Jornadas Feministas Estatales celebradas en Granada, ha conseguido en un juego de ahora visibilidad y un poco más tarde opacidad, pasar inadvertido para la crítica no así para el autoelogio cuando hacía falta. 

El feminismo no puede pretender dictar leyes y controlar los resortes del poder y, al mismo tiempo, hacer como  que no está a la hora de las responsabilidades. El feminismo no es inocente y debe asumirlo, no sólo en las celebraciones, también el resto del tiempo. No puede pretender haber negado el derecho a la custodia compartida y a continuación considerar que no tiene ninguna responsabilidad en los dramas familiares, y de todo tipo, derivados de esa decisión. No es de recibo pretender decidir cómo haya de ser la familia, la economía o cómo se ha de abordar la prostitución y luego ignorar que de esa toma de posición se derivan consecuencias.

El feminismo debe elegir entre mantenerse agazapado en un limbo donde todos los derechos le asisten, incluso gozar en exclusiva del privilegio de fijar lo que hayan de ser las políticas de igualdad y de género,  disponer de una parte de la Administración y los recursos públicos y luego pretender que, a la hora de rendir cuentas y las responsabilidades, no existe como sujeto político. O empujar para que quien dé la cara públicamente sea el señor Lorente, como si para las cosas menores mejor ellos. O cercenar desde el Congreso de los diputados el desarrollo de la investigación sobre el SAP,  en una evidente confusión, entre lo que deber ser territorio de la ciencia y lo que es territorio de  la política. Los antecedentes históricos a decisiones semejantes desde luego nos hablan de ideologías totalitarias, en las que única verdad admitida era la verdad oficial.    

El feminismo debería hacer el ejercicio de imaginar cuál podría ser el resultado político y electoral y el apoyo a sus posiciones si concurriese a unas elecciones con su programa de género. El feminismo debe elegir entre mantener a las mujeres en una minoría de edad mediante la sobreprotección y la ausencia de responsabilidad o bien decidirse a romper con la que ha sido su historia reciente y proclamar que lo que desea es su mayoría de edad, lo cual implica todos los derechos pero también todas las responsabilidades. La primera, que las políticas de igualdad no las puede decidir en exclusiva el lobby feminista. La segunda que  renuncia a jugar con ventaja y las cartas marcadas. La tercera que  renuncia a cualquier pretensión de la necesidad misándrica de   “cambiar al hombre”.      

El feminismo no puede pretender el fin de la crítica a las políticas de igualdad y las leyes de género. No puede establecer una ley del silencio donde sólo sean posibles las voces a favor, porque por muy justa que sea su causa, eso significaría volver a tiempos felizmente olvidados en los que quien manejaba el poder podía deshacerse de los discrepantes a su antojo. Es verdad que la sombra de su poder es muy alargada pero hasta el momento no lo suficiente para acallar a tantos miles de damnificados que un día sí y otro también son víctimas de sus políticas. El feminismo debe asumir que ese juego de ambivalencia e invisibilidad interesada, algún día habría de ser denunciado por lo que es, un juego espurio que no debe mantener por más tiempo. La igualdad deberá asentarse sobre la divisa de  juego limpio.