Difícil, difícil moverse entre el intrincado mundo de los sexos y los géneros, al menos si uno pretende entender algo. En El País de hoy domingo 9 de noviembre dos articulistas: Josep Ramoneda y Soledad Gallego, sostienen, en el caso de Josep lo siguiente: “Obama incorpora una cultura política femenina, en contraposición a la idea masculina tan bien representada por la dama del rifle, Sarah Palin, que ha acompañado su derrota con una descarga de resentimientos” ; por el otro lado Soledad Gallego que firma un artículo que lleva por título: Los dos presidentes Kirchner y por subtítulo el todavía más expresivo de: Las continuas interferencias del ex dirigente perjudican a su esposa.
Si lo que dice Josep es fácilmente rebatible por la historia, donde podemos encontrar hombres de todos los tipos: desde Alfonso X El Sabio, al General Franco, el argumento de Soledad Gallego creo que es todavía más insostenible, a no ser que se pretenda descargar de responsabilidad a una dirigente política, que está demostrando desde hace ya mucho tiempo, que su talla política es más bien poca; y eso, al margen de que quien asume una responsabilidad, como la que representa nada menos que la presidencia de un país, debe hacerlo con todas las consecuencias y por tanto este tipo de argumentaciones debieran sobrar; y al margen también, de que en lo que sí parece haber coincidencia, es en que ha llegado a la Presidencia de Argentina gracias a la gestión anterior de su marido.
Pero a lo que quiero ir es, a la dificultad con que tropieza cualquier analista de la realidad, si por un lado atendemos al hecho de que el feminismo reclama mujeres en el poder, pero luego resulta que cuando se va a enjuiciar su trabajo resulta que no, que es otra cosa. Obsérvese que ya Vargas Llosa había atribuido a Hillary Clinton una forma de hacer política masculina, y que también en el caso de Hillary se habló por parte de las feministas de que quien estaba arruinando su campaña era su propio marido, lo que visto desde la perspectiva de hoy, difícilmente se puede catalogar de otra cosa, que no sea la de excusa para tapar los errores propios. Pero más allá de estas consideraciones está el no contar a Margaret Thatcher como gobernante femenino ya que, “no representaba a las mujeres”, no digamos Golda Meir, de tal modo que a este paso parece que no nos tropezaremos con una gobernante femenina nunca con lo que será imposible considerar todas esas virtudes, que sin embargo el feminismo, un día sí y otro también, no se cansa de repetir que incorporarían las mujeres en los altos puestos de dirección.
Por eso me hago la siguiente pregunta: ¿Es tan intensa la penetración del género que incluso personas que parecían con un criterio abierto, no son capaces de asociar lo masculino más que con lo negativo y lo femenino con lo positivo, aún cuando la realidad de las prácticas sociales lo niegue? ¿No estaremos construyendo una cultura en la que sea imposible disociar lo masculino de un estereotipo cultural cargado de prejuicios y en la que todo lo que vaya más allá de un bruto violento deja de ser hombre? No soy optimista. Cuando sucedió aquel bochornoso suceso en el que unas señoras mayores, ya casi ancianas, increparon a Pedro Zerolo, llamándole de todo menos guapo, J.J. Millás escribió el siguiente artículo, en el que para poder digerir lo que allí sucedió precisó imaginarlas como “tres hombres disfrazados de mujeres, tres travestidos maduros y gordos con un dedo de maquillaje sobre la recia barba y abundantes joyas que desviaban la atención del bigote.”
Mi pregunta ahora es: ¿A fuerza de despotricar tanto contra el hombre y lo masculino, sin que nadie en ningún momento ose poner freno, no se estará cayendo en la misandria más veces de las que se quiere admitir? Creo que es una reflexión que merece la pena.