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02 febrero, 2009

Segregación de género

Que el género no promueve nada que pueda llamarse igualdad parece cada día más evidente. Sostener tal cosa cada vez les resulta más difícil a quienes hasta el presente no se cansaban de apuntar a los demás con el dedo acusador. El género es una ideología segregacionista que divide al mundo en dos: hombres y mujeres, como dos mundos separados, cuando no profundamente contrapuestos, donde la única constante que aparece es la lucha de géneros. Lucha en la que, dado que lo que se combate es el machismo, todos los excesos e imprudencias por parte del feminismo y las mujeres, estarían consentidos.

Para esta corriente ideológica y de poder, heredera del feminismo radical americano, el hombre es entendido no como un igual de la mujer, sino como un ser despreciable capaz de todas las villanías. Cualquier pretensión de una común humanidad que nos aproximase en nuestras virtudes y miserias es descartada, y como relata magníficamente Enrique Jimeno en la entrada de su bitácora: De los peligros del amor romántico y las políticas de género, para este feminismo, el hombre hasta en el momento del amor no deja de ser un depredador cuya única pretensión es el dominio de la amada. Por lo que quizá se haga necesario recordar a qué tienen conducido y siguen conduciendo las ideologías que fomentan la deshumanización del otro.

En este contexto no debiera sorprender que conspicuos representantes de dicha corriente ideológica al tiempo que acusan al varón de ser el obstáculo para la igualdad descalifiquen la petición de custodia compartida (en otro momento se acusó de maltratadores a quienes defendían tal propósito), o el reconocimiento del SAP, o que la Junta de Andalucía publique un folleto con el título de: No te líes con los chicos malos, y que lleva por subtítulo: Guía no sexista dirigida a chicas. (Demostrando así que puede impedir que en los centros de enseñanza se pueda impartir una educación diferenciada, aunque luego ella misma segregue en lo que a educación sexual se refiere, incluso más, la promueva exclusivamente para las chicas).

Pero quizá lo más singular de esta corriente ideológica y de poder, es su carácter de nebulosa intelectual donde cualquier criterio es posible, incluidas la amalgama y la deshonestidad intelectual siempre que sirvan al objetivo de rebajar al hombre y empoderar a las mujeres. Como pequeño botón de muestra la afirmación del Delegado del Gobierno para la violencia de género en el sentido de que la justicia sólo condena al 2´2% de los maltratadores. Si las cosas sucedieran según parámetros normales en una sociedad democrática una afirmación como esa, en quien desempeña el cargo de Delegado del Gobierno para la violencia de género, debería ir acompañada como mínimo de alguna explicación; en nuestro país nadie lo exigirá. Por eso resulta más cuestionable que la propagación de una tal ideología haya sido asumida y esté financiada por los poderes públicos, hasta el punto de que de que para una feminista como Elisabeth Badinter de lo que quepa hablar sea de “feminismo institucional”.

Desde el punto de vista intelectual tan pronto se sostiene que “la mujer no nace, se hace” como a renglón seguido se considera al hombre atrapado en su naturaleza violenta y opresora sin capacidad para evolucionar, como un poco más tarde se dice que las diferencias entre seres humanos son todas culturales, pero a continuación se cae en el esencialismo de la mujer como la expresión de todas virtudes: desde el amor a la paz, al tiempo que para el hombre se tiene reservado todos los defectos: desde el egoísmo a la ausencia de sentimientos. Lo que nunca se hace es explicar como actúan los mecanismos del patriarcado, ni del género, ni se precisa la significación de ningún concepto, más bien al contrario, como vimos con el término machismo, todo parece ir dirigido a una imprecisión calculada que permita tener en la manga un comodín para usar en cualquier situación.

Tan pronto se niega el derecho a la paternidad como a renglón seguido se habla del poder omnimodo del patriarcado. Lo mismo se niega la custodia compartida y cualquier derecho en la reproducción, como se priva de la figura masculina a cientos de miles de niños, para los que ni existe en casa ni en la escuela, sin que tal proceder conlleve asumir los resultados de tal decisión. Cuando en la sociedad se observa una juventud que no mejora en su forma de enfrentarse a la vida y a la sociedad, entonces la responsabilidad aparece diluida en el conjunto social. Cuando se trata de los éxitos de nuestros chicos la madrina es su madre, cuando de los tropiezos o los fracasos de una sociedad machista y patriarcal. Podríamos decir que para la mujer se reclaman todos los derechos sin el correlato de las obligaciones y para el hombre las obligaciones sin el correlato del derecho.

En fin, un pensamiento donde todos los dualismos simplistas de buenas y malos, todos los maniqueísmos de hombres verdugos y mujeres víctimas, son posibles. Donde la asimetría en el juicio y el privilegio en la resultante siempre son posibles, bajo el pretexto de que unos son la parte fuerte y las otras la parte débil. Pero inmediatamente descubrimos que la perfecta igualdad y paridad que se exige en unos terrenos, en otros se niega, o que a los hombres no sólo no se les ofrece ninguna ventaja para progresar en la paternidad más bien todos las zancadillas están permitidas, hasta el extremo de que cada día es más frecuente leer y escuchar a personas jactarse de que algo así pueda existir. O descubrir que el derecho a la conciliación laboral y familiar es un derecho de las mujeres.

La cita del libro: El Mundo de las mujeres, de Alain Touraine que dice: “Las mujeres son conscientes de que mantienen una relación privilegiada con los hijos, cuya existencia les confiere un poder al que no renunciarían por nada del mundo, aunque los hombres compartieran las tareas de la casa con ellas, incluyendo el cuidado de los niños.”, así lo atestigua y este jugoso comentario realizado en La Vanguardia a propósito de la obra de Miguel Lorente ratifica:

"El posmachismo necesita crear su propia estética y romper con la imagen rancia y viril del machismo, con la idea de hacer que sus propuestas e ideas tengan credibilidad y no sean identificadas con una posición dirigida a mantener el poder masculino". De ahí, sugiere Lorente, que sus militantes se camuflen bajo una preocupación hasta cierto punto femenina por la estética y que lleguen a emular roles tradicionalmente desempeñados por la mujer, como el súbito descubrimiento que desde estos sectores se ha hecho de la figura de los hombres como padres, léase la proclamación del llamado síndrome de alienación parental (SAP).”
El hombre vive bajo una acusasión permanente, si no cambia por inmovilista y si cambia porque se trata únicamente de un disfraz para seguir ejerciendo el dominio.

Pero si esos son los objetivos, en cuanto a los métodos nada desmerece lo anterior. Hasta el punto de que luego de sostener la necesidad de los espacios mixtos para todo tipo de instancias sociales, hayan decretado hace más de 30 años que el feminismo es cosa de mujeres, o que su modus operandi actual con lo que se corresponda sea el de un grupo de presión (lobby femenino) y se aleje definitivamente de cualquier cosa que recuerde a una organización abierta y democrática. Donde el debate social está proscrito incluso con la pretensión de hacer callar a todas y todos cuantos discrepen de sus prescripciones. Donde cualquier intento de debate racional y civilizado es sofocado por la inmediata identificación del otro con el maltratador, el machista, el retrogrado.

Como sorprende que el pretendido salto de civilización que iba a favorecer a mujeres y hombres, en la actualidad haya quedado reducido a “cómo cambiar al hombre”. Las recetas de género, que responden a un plan perfectamente estudiado y milimetrado por ese lobby, con importantísimos apoyos en instituciones nacionales e internacionales, siguen un proceso en el que naciendo de organizaciones feministas, son llevadas al terreno social y político por instituciones de composición mixta (partidos políticos, sindicatos...), para en buena parte de los casos redundar en beneficio exclusivo o prevalente de las mujeres.

Pero quien sin duda mejor expresa el contenido de esta ideología sean sus autoras y para no alargarme mucho más recurriré a una sola cita de Shere Hite, quien en su sección habitual en El País semanal, el 22 de junio de 2003, escribió un artículo titulado: El mejor método anticonceptivo, en el que relataba como después de consultar sobre el tema a “una afamada especialista en la materia”, ésta le respondió: “En general, los mejores métodos para las mujeres son el condón masculino, si no se trata de una relación monógama, y la vasectomía masculina, si se ha completado la familia”. “Cuando alcancemos la deseada forma ideal de gobierno, el “matriarcado opresivo”, espero que todos los chicos se hagan una vasectomía a los 13 años, después de congelar muestras de semen….” Que yo sepa nadie pidió explicaciones ante algo así, ni ninguna sensibilidad de género se sintió ofendida.




P.D. La publicidad, a veces, constituye el mejor reflejo de la sociedad a la que se dirige, por eso os propongo un pequeño juego en el que de lo que se trata es de completar el siguiente título: Porque lo valemos y se lo merecen después de descubrir el sexo de los protagonistas de una serie de spots televisivos.
- En la primera tanda podríamos mentar aquel al que en plena faena musical le vierten un caldero de un líquido pringoso por la cabeza, o aquel otro al que arrojan el líquido de un vaso a la cara, o aquel al que estampan una tarta en todo el rostro, o aquel que recibe un golpe en la espinilla y se dobla de dolor, o aquel que llaman gastón, o al que llaman abusón...
- En la segunda tanda podíamos pensar en aquellos otros spots que finalizan con “porque nosotras lo valemos”

Entre ambos resolvemos el acertijo del título y lo completamos: Porque nosotras lo valemos y ellos se lo merecen.
No resulta una visión excesivamente disparatada de lo que está sucediendo.