Así lo ve Alan Sokal en su libro: Más allá de las imposturas intelectuales.
La crítica feminista de la ciencia es una industria en expansión. The Death of Nature, de Carolyn Merchant, The Science Question in Feminism, de Sandra Harding, y Reflections on Gender and Science, de Evelyn Fox Keller, han alcanzado a estas alturas el rango de textos canónicos en los cursos de estudios de la mujer; son ampliamente citados por feministas sin dedicación profesional a la ciencia que buscan un análisis feminista de la ciencia “autorizado”. Es, por tanto, urgente preguntarse si el contenido de esas obras a) es válido y b) feminista. Sostendré que ambas pretensiones son dudosas.
Una de las tácticas favoritas de los críticos feministas de la ciencia es escarbar en las obras de los primeros filósofos de la ciencia particularmente Francis Bacon (1561-1626), en busca de presuntas metáforas sexistas: de este modo, tratan de poner en evidencia la naturaleza fundamentalmente misógina del moderno método científico. Así, se acusa a Bacon de comparar la experimentación sistemática con la violación (Harding) y la tortura (Merchant) de la naturaleza, concebida como una hembra. Harding sostiene que “Francis Bacon recurría a metáforas de violación para persuadir a sus lectores de que el método experimental es una buena cosa”, y que esas significaciones sexuales “son esenciales en la manera cómo los científicos conceptualizan tanto los métodos de investigación como los modelos de la naturaleza”, por lo que forman “una parte sustancial de la ciencia”. Análogamente, Merchant sostiene que la filosofía de Bacon “trata a la naturaleza como una hembra a la que hay que torturar con inventos mecánicos”, al modo de “los instrumentos mecánicos empleados para torturar a las brujas”.
Noreta Koertge, Alan Soble, Sarah Hutton, Iddo Landau y otros se han enfrentado a las lecturas de Bacon hechas por estos críticos, acusándolos de buscar alusiones sexuales donde no existen y de exagerar groseramente cuando asimilan la experimentación en el laboratorio con seres no vivos a la violencia contra la naturaleza. En particular, Soble y Landau diseccionan las afirmaciones de Harding y Merchant y ponen en evidencia que descansan, en parte, en hábiles omisiones de palabras u oraciones en sus citas de Bacon.
En un pasaje ya famoso (¿o debería decir infame?) –que, sin embargo, raras veces se cita in extenso- Harding asegura que:
Los historiadores y los filósofos tradicionales han dicho que esas metáforas (la violación y la tortura) son irrelevantes para el significado y los referentes reales de los conceptos científicos (…) Pero cuando se trata de considerar la naturaleza una máquina, hacen un análisis bastante distinto: en este caso, dicen, la metáfora proporciona la interpretación de las leyes matemáticas de Newton: orienta a los investigadores hacia fructíferas formas de aplicar su teoría (…) Pero si hemos de creer que las metáforas mecanicistas eran un componente fundamental de las explicaciones que la nueva ciencia aportaba, ¿por qué habríamos de creer que las metáforas de género no lo son? Una análisis coherente nos llevaría a la conclusión de que entender la naturaleza como una mujer indiferente o incluso bien dispuesta respecto a la violación era igualmente fundamental para las interpretaciones de estas nuevas concepciones de la naturaleza y la investigación. Cabe presumir que dichas metáforas tenían también fructíferas consecuencias pragmáticas metodológicas y metafísicas para la ciencia. En este caso, ¡por qué no es igual de clarificador y honesto referirse a las leyes de Newton como el “manual de violación de Newton” que como mecánica de Newton”?
(…) ¿Pretende realmente Harding que las metáforas de la violación y la tortura contribuyeron a que se dieran progresos cognoscitivos y materiales? Dios nos ampare si tuviera razón.
Afortunadamente, el peligro queda conjurado: Harding no aporta ni un solo ejemplo de metáfora de violación y tortura –o, para el caso, de metáfora sexista del tipo que sea- que tenga fructíferas consecuencias para la física o para cualquiera de las demás circunstancias de la naturaleza; y ello es tanto más natural cuanto que tales ejemplo no existen.
(…) Al parecer, quienes sostienen esas críticas pretenden que el sexismo podría haber pasado de la metáfora al contenido sustantivo de los métodos y/o las teorías científicas. Pero si la ciencia moderna tiene, de hecho, presupuestos sexistas, seguramente quienes sostienen teorías feministas deberían poder encontrar y criticar esos supuestos sesgados independientemente de cualquier argumento histórico. En efecto, obrar de otro modo es incurrir en la “falacia genética”: valorar una idea en función de su origen y no de su contenido.
Alan Sokal, en “Más allá de las imposturas intelectuales” Paidós 2009 pag. 163 y sgtes.