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28 enero, 2006

Quo vadis?

Que personajes que dicen estar ahí para expurgar al hombre de su sentido violento, no duden en recurrir al insulto con demasiada frecuencia, que personas que dicen estar ahí para deconstruir al viejo hombre forjado en los esquemas del patriarcado recurran a la mentira, a la censura, al ejercicio de la mayor de las prepotencias impidiendo que se pueda expresar quien en justo debate les está derrotando dialécticamente y, quizá, éticamente, que alguno de los que proclama todo esto, aprovechando el escrito angustiado de un joven de 21 años, que ha sido padre a su pesar, y que se siente confuso y desorientado sobre las exigencias de su compañera, en lugar de una contestación, le brinde un ejercicio de entomología, debieran ser motivos suficientes para en un ejercicio de autocrítica decidir cambiar el rumbo. Pero si esto no se hace, y ese trabajo de entomología concluye que de lo que se trata en su caso es de violencia de género, y como única respuesta le propone la sumisión a su pareja, es para interrogarse en que tipo de creencia ideológica se está que tanto puede equivocar el diagnóstico de la situación y la recomendación que se propone. Si además se usan los términos y los conceptos sin control y a pesar de la poca empatía que uno muestra hacia quien le pide opinión, no para de acusar a los demás de falta de empatía hacía la mujer, y de denuncia de su invisibilidad, sin que en ningún momento esa invisibilidad se perciba, sencillamente, es para preguntarse como es posible tanto desatino.

Ni la invisibilidad, ni la violencia de género quedan patentes por ningún lado, pues sea cual sea el momento que se escoja para analizar, la situación de inferioridad es la de él. El día del encuentro amoroso porque si no es disculpable su imprudencia al no usar ningún sistema anticonceptivo, no lo es menos la de ella, para quien no puede quedar duda de que no sólo no hay preservativo, tampoco píldora; cuando decide tener el hijo, porque es una decisión que sólo ella toma y ni tan siquiera parece que lo haga después de haberlo discutido con él y, finalmente, cuando decide irse a casa de sus padres, con el hijo de ambos, y con la exigencia de boda, porque la situación no es fruto de la voluntad de él sino de la de ella. Solo considerándola a ella como menor de edad o como incapaz para el ejercicio de su responsabilidad es posible hablar de violencia de género en este caso. Que el caso le sirva además para proclamar que el 70% de los hombres ante situaciones semejantes cometen violencia de género, nos da idea del grado de confusión mental y de carencia del más elemental sentido de la justicia y la equidad de personajes de este tipo que, por lo demás, no dudan en cometer a cada paso los “pecados” que dicen combatir.

Así, habla de falta de empatía ante la situación de ella, pero él no sólo incurre en esa falta de empatía hacia Juan, que es quien pide consejo, sino que escribe, como más arriba dije, como un entomólogo que analiza el comportamiento de un bicho raro desde la distancia del laboratorio, no dudando en acusar de violencia de género, a una persona que vive con angustia la disyuntiva en la que su compañera lo coloca al forzarlo a elegir entre casarse, o renunciar a ella y a su hijo.
En cuanto a quienes no dudan en recurrir a eufemismos indecentes para disculpar la censura, las mentiras sin cuento y el ejercicio de la prepotencia sin límite, sólo decirles que la ceguera ideológica puede ser mucha, pero confundir al verdugo con la víctima, a quien censura con quien es censurado, o disculpar la mentira, no son mimbres con los que se pueda construir el cesto de una sociedad más justa, superadora de las insuficiencias en las que estamos, sino más bien obstáculos para que eso pueda ser posible.

¿En qué lugar expenden títulos que conducen a diagnósticos tan equivocados? ¿Estas son las gentes que quieren ser protagonistas de una sociedad sin discriminación? ¿Es este el sentido de la justicia y la equidad que se espera reine en los tiempos venideros?

1 comentario:

  1. ¿Qué ley es ésta?


    QUINI CANDELA (Periodista)
    A un ciudadano madrileño que llegó a la Comisaría de Policía a denunciar la agresión que había sufrido por parte de su esposa, no sólo no le atendieron su denuncia, sino que le esposaron y le llevaron al calabozo, porque la presunta agresora había denunciado maltrato psicológico. Cuando el acusado fue puesto a disposición judicial, convenientemente esposado cuenta la noticia, en el Juzgado madrileño no salían del asombro. El maltratador psicológico fue puesto en libertad tras declararlo absuelto. «Respecto de la esposa, el juez ha abierto un proceso contra ella por un delito de maltrato y por otro de denuncia falsa. En breve será ella quien tenga que sentarse en el banquillo de los acusados; pero, a diferencia de su marido, no irá al juicio ni detenida ni esposada». La desigualdad no termina ahí. Mientras que si el culpable es el hombre el grado de la acción sería delito, en el de la mujer se queda en falta. Menos mal que si la denuncia es falsa el juez actuará sin tener en cuenta el sexo, porque no existe tal imperativo legal.

    Ésta es la ley que tenemos. Nos sonrojamos porque en Estados Unidos se condena a inocentes, pero aquí mostramos indiferencia cuando la ley, que debería ser igual para todos, consagra diferencias de género, como si fuera un logro del progresismo, cuando en realidad no es más que una zafiedad de quienes la refrendaron. Si los hombres y las mujeres somos iguales, que lo somos, ha de ser para todo. Si lo somos para estar en las fuerzas armadas o en el pozo de una mina, por citar sólo dos ejemplos claramente reservados para los hombres en el pasado, no existe razón jurídica alguna para que un mismo hecho, dependiendo del autor, sea falta o delito. En el momento en que no es así, esos progres que proclaman la igualdad están cayendo precisamente en el vicio de la desigualdad mediante una discriminación positiva hacia la mujer, que no la necesita. Le es suficiente con la igualdad. Pero esos fantoches de la propaganda, que son los mismos que proclaman la paridad en las listas electorales, en los gobiernos, o en los consejos de administración de las empresas que cotizan en Bolsa, son los primeros en discriminar a la mujer. Si el hombre y la mujer son intelectualmente iguales, ¿por qué ha de privarse de ser mayoría en un Gobierno, en un consejo de administración o en unas listas electorales, si son las más capaces?

    La demagogia que les ha llevado al «compañeros y compañeras», al «jóvenas» y demás lindezas gramaticales, como si hasta entonces las mujeres no hubieran existido en la sociedad, ha esposado, vejado y encarcelado a un inocente, mientras que la supuestamente culpable quedó en libertad. Yo me sonrojo y me indigno al pensar que una ley promulgada en un país democrático y en el siglo XXI puede validar la diferencia entre las personas en función del sexo, como el «apartheid» lo hacia en el siglo pasado por el color de la piel.

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