Porque la vocación de la bitácora son los temas
relacionados con la igualdad y la crítica del neofeminismo, a veces, resulta
necesario hacer referencia al marco cultural más amplio en el que esta
ideología se ha venido desarrollando, marco que la condiciona y la ayuda a explicar,
pero que a su vez se ve modificado por ésta cada vez con más fuerza. El
feminismo nació de la Ilustración, del positivismo de Stuart Mill, de los
movimientos ideológicos y políticos del siglo XIX y dos primeros tercios del XX… pensamientos en
los que fue conformando su ideario de igualdad de derechos y libertades con el
hombre, y donde adquirió el mejor perfil que del mismo conocemos. La nueva
sociedad se constituiría removiendo los obstáculos que en la misma se opusieran
al objetivo de igualdad de hombres y mujeres.
Y esto
funcionó así hasta hace unas décadas en las que, dependiendo de los países y
las circunstancias, fue tomando cuerpo lo que aquí hemos denominado
neofeminismo y que comprendería diferentes autoras y autores y distintos matices ideológicos: feminismo
radical, feminismo de la diferencia, feminismo socialista y marxista, perspectiva
de género, la mayor parte del feminismo institucional, hombres profeministas… todos
ellos con el común denominador de cambiar la diana de sus ataques para centrarla en la figura del varón heterosexual al que harían
responsable personal y único de cuanta opresión hay y ha habido a lo largo de
la historia. La lucha de clases marxista
sería sustituida en este esquema por la guerra de sexos con una clase opresora:
el varón y, una clase oprimida: la mujer y algunos otros colectivos sociales. Todo
ello en un contexto de pensamiento cuanto más alejado de la ciencia mejor y
donde todas las formas de pensamiento líquido,
culturalismo, constructivismo y posmodernidad han tenido cabida.
El giro
por relación con lo conocido anteriormente ha sido copernicano ya que supuso
pasar de situar el objetivo de la
igualdad en la remoción de la circunstancias económicas, culturales y políticas
que impedían el avance hacia la igualdad, para resituar la responsabilidad de
la opresión y la discriminación directamente en el hombre concreto – padre, hermano, marido, compañero
de trabajo, todos y cada uno de los hombres- quienes se convierten así en el primer obstáculo y el
nuevo objetivo de cambio por haberse demostrado un ser “incapaz de evolucionar
y renunciar a sus privilegios” que además ejerce opresión en todos los
ámbitos de la vida pública y privada. En este nuevo esquema el hombre pasa de
compañero o acompañante en el cambio a enemigo a batir.
En
correlato con lo anterior el termómetro con el que medir esa opresión se
traslada de lo social a lo personal y de lo objetivo a lo subjetivo, hasta
quedar básicamente constituida su
medición por la percepción exclusiva y subjetiva de la mujer, que se convierte
así en un absoluto de imposible conocimiento con antelación a producirse, pero que está transformando las
realidades jurídicas, sociales, económicas y políticas de un modo muy profundo y,
desde luego, en una dirección que nada tiene que ver con la igualdad y no
discriminación por razón de sexo, y sí de forma mucho más clara en la dirección
de la supremacía y el empoderamiento femeninos. Esta subjetividad está en la
base de la LIVG pero en general en todas “las pruebas” de la dominación masculina:
encuestas sobre violencia doméstica, sobre acoso laboral y moral, techo de
cristal, incluso sexismo lingüístico como recientemente hemos tenido ocasión de
comprobar.
El
panorama no puede ser más inquietante, un pensamiento en base al sexo y de tipo
subjetivo es lo más parecido a un credo, a una religión en la que solo caben
las figuras del creyente y la del no creyente. Al no existir la modulación de
los hechos concretos, al no precisar de la contrastación empírica, cualquier
cosa es posible. La discrepancia se convierte en anatema. El neofeminismo no
confronta posiciones, no acepta el debate como forma de dilucidar las
cuestiones ideológicas y políticas, el neofeminismo prefiere los cauces de la
represión y la censura, convierte en enemigo a quien no comparte sus
planteamientos, pero también está consiguiendo sacar de la agenda de lo público
todo aquello que contradice o incomoda sus planteamientos: estadísticas
precisas de qué está pasando en el mercado laboral, fracaso escolar masculino,
suicidio, obesidad mórbida, profunda dualidad del mercado laboral, número de
presos en las cárceles…
El
reciente debate sobre el sexismo lingüístico ha dejado traslucir cuáles son los
criterios con los que el neofeminismo aborda esa y otras cuestiones, hasta el
punto de rechazar cualquier criterio que no coincida con el suyo en base a que
la mujer representa a la Humanidad. Igual criterio sigue en lo relativo a la
discriminación salarial, la violencia interpersonal o tantos otros temas en los
que el absolutismo de sus posiciones no admite el disenso mucho menos una
opinión contraria. Con antelación lo
había hecho en relación con la custodia compartida o el reparto del patrimonio
conyugal después de rota la relación de pareja. En lo relativo al blindaje
jurídico de la mujer a lo largo de toda su vida: sea en la relación de pareja,
las relaciones sexuales esporádicas, el acoso laboral y moral, incluso declarando
autoridad el ejercicio de aquellas profesiones en que son mayoría: educación,
sanidad, Administración pública, convierte al Estado en el nuevo Patriarca garante
de forma privilegiada de su seguridad y sus derechos por relación a todos los
demás.
Si a
ello añadimos que la igualdad ha dejado de ser sinónimo de reciprocidad,
equidad o simetría, ya que cada una de estas cosas ha sido redefinida en función
de la denominada igualdad de género y de acuerdo a su peculiar concepción de la
misma, es decir, una igualdad trufada de
estratagemas en beneficio propio y acusaciones sin cuento contra los varones
incluyendo: discriminaciones positivas, paridades a conveniencia, negación de
la custodia compartida y privilegios jurídicos de todo tipo… sospecha generalizada
hacia el varón y acusación de concertación de voluntades para evitar el avance
de la mujer: techo de cristal, obstáculos a la
promoción y la carrera profesional, múltiples discriminaciones
encubiertas… nos irán aproximando a una visión más amplia de este asunto. Lo
que falta por explicar es por qué en aquellas profesiones en que la mujer se
hace mayoría tienden a convertir esa mayoría en un absoluto: maestras,
enfermeras, profesionales relacionados con el derecho de familia, atención a la
infancia…
Quizá
con todo, lo más sorprendente y llamativo de esta forma de proceder no es sólo
que el noefeminismo no explique por qué no aplica sus propios baremos y
criterios allí donde le correspondería por ocupar una posición dominante: casa,
hijos… las profesiones citadas más
arriba, sino el porqué de que los
hombres también hayan renunciado a exigirlo, salvo contadas ocasiones, por
ejemplo, cuando descubren con qué criterios se resuelven los divorcios y la
custodia de los hijos. O por qué
entiende que a unos corresponde resolver lo de todos y todas y a otras solo lo
suyo. En este asunto de la igualdad muchas cosas nos son ya conocidas pero
algunas otras quedan por conocer y entre ellas sin lugar a dudas, lo del
silencio y complicidad de muchos varones ante un panorama que ofrece tan poco
margen a la duda constituye en mi opinión la principal incógnita, lo que seguramente está en relación con la total
ausencia de conciencia de género. Lo que ya no me atrevo a decir es si como
causa o como consecuencia.