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12 octubre, 2010

Mineros chilenos 2

Resulta asombrosa la distancia que separa la insobornable unidad de los hombres denunciada por el feminismo y que explicaría el famoso techo de cristal, -como ese nivel al que las mujeres no pueden acceder por la acción concertada de los hombres-, y la realidad de quienes como nosotros pretendemos un foro de discusión, ya no masculino sino sobre la masculinidad y sus problemas, y nos tropezamos con infinitas dificultades para reunir en torno a esta cuestión a penas unas centenas de hombres si juntásemos todas las iniciativas.

Lo cierto es que lo masculino en cuanto tal,  ni se plasma en los estudios de género ni aparece por casi ninguna parte. La pretensión del feminismo de que el Marca es el equivalente en masculino al amplísimo repertorio de revistas que pueblan el quiosco hablando de salud, belleza o actualidad femeninas,  no deja de reflejar en sí mismo la profunda desigualdad existente en estos asuntos y que hace muy difícil, por no decir imposible, dar crédito a las diferentes teorías sobre el techo de cristal y la tribu de los hombres contra la tribu de las mujeres que, por lo demás,  no encuentra reflejo social por ninguna parte.

Los hombres no sólo no anteponemos nuestros problemas y preocupaciones a cualquier otro tema de conversación, sino que prácticamente no hablamos de nuestra salud o bienestar, como si se tratase de temas que abordásemos con pudor o resultasen un punto egoístas. Y si alguna vez nos referimos a nuestros asuntos más personales les quitamos hierro evitando el tono serio y formal. Excepto esas situaciones en las que no existe más remedio por estar uno convaleciente o haber sufrido un accidente. Nada que ver con las féminas en las que su salud, su bienestar y su belleza son tema constante de preocupación y constituye buena parte de las conversaciones entre mujeres.

Lo cierto es que la resultante, a veces, es demasiado cruel con los hombres. En El País de ayer se hablaba de las peticiones de los psicólogos a los mineros chilenos, en el sentido de  que rebajasen su expectativa de un grato reencuentro con los suyos, en unos términos que por momentos la sensación que producía  era poco menos  que deberían pedir perdón por habernos tenido a todos tan en vilo y angustiados, pendientes de su suerte durante tanto tiempo. Pareciera que debieran borrar cualquier huella de trauma psicológico antes de salir de nuevo a la luz. Ya se sabe el trauma psicológico en determinados casos puede venir provocado por un detalle nimio, en algunos otros no se puede ni mentar si no se quiere evitar el rechazo de los demás.

Pensé por un momento que si en un contexto así las protagonistas fuesen féminas el tratamiento informativo llegaría hasta la ONU como la prueba más incontestable de la discriminación y maltrato a las mujeres, a quienes después de volver del infierno se las preparaba para la contención en las expresiones de alegría y  en la manifestación de los afectos, incluso para  el rechazo de los suyos. No pude evitar pensar  en la prescindibilidad -la expendability de que habla Pelle Billing en su última entrada- y menor valor de la vida de los hombres.