A río revuelto ganancia de pescadores, dice el dicho, y ese parece ser el criterio aplicado por Joan Queralt a la hora de escribir sobre de la ley integral contra la violencia de género. Porque sino díganme ustedes qué hace la Ley contra la violencia de género al lado del Estatuto de Cataluña. No es fácil de explicar, pero menos si quien habla de ambas se presenta como catedrático de derecho penal.
De todos es sabido que la ideología de género es una creencia que divide al mundo en dos: mujeres y hombres, sin fisuras ni en la división, ni en el interior de los propios conjuntos resultantes. Es la primitiva e infantil necesidad de dividir al mundo en buenos y malos cuando no se es capaz de asumir su complejidad. Y si es difícil admitir este dualismo en el plano ideológico y político, resulta absolutamente inadmisible cuando se pretende pasar por criterio técnico-jurídico.
Ese maniqueísmo de buenos y malos aparece ya en las primeras líneas de su escrito al situar por un lado a los partidarios de esas leyes, además de la del aborto y la de matrimonios homosexuales, y por el otro a sus detractores. Es más se pretende que algo bueno habrá en ellas si existe esa oposición. ¿Quién habla aquí el catedrático de derecho o el ideólogo? ¿Quizá pesa el hooliganismo de la rivalidad Madrid-Barça?
Pero, digo más, ¿le parece a este señor que son los mismos sectores: jurídicos, sociales y políticos los que no admiten los pronunciamientos del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña, y los que lo hacen sobre la LIVG? ¿Cómo interpretar que habiendo en ambos lados contestación a las disposiciones judiciales, sólo le parezcan reprochables unas?
Pero donde creo que alcanza cumbres difíciles de superar es cuando sin empacho habla de las garantías procesales como hiperformalismo o cuando abiertamente sostiene la inversión absoluta de la carga de la prueba y no digamos, cuando habla de su capacidad para establecer un dictamen psicológico mediante la mera observación y, cómo no, algo de sensibilidad.
Algo me dice, que cualquier hombre que tuviera la desgracia de ser juzgado por este señor, con independencia de los hechos, y si quien acusase fuese alguien con medianas dotes teatrales, llevaría todas las de perder. A lo que seguramente contribuiría esa sensibilidad de la que este señor hace gala.