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03 enero, 2010

Para empezar el año


Como me lo he pasado muy bien leyendo el artículo de Juan J. Moralejo en La Voz de Galicia sobre el nuevo palabro: monomarental, lo cuelgo aquí en el deseo de que lo disfrutéis tanto como yo.  En cuanto a la viñeta de Erlich creo que sobran las palabras.

22 junio, 2008

De nuevo "miembra"

La ausencia de debate en torno al género y la igualdad está poniendo de manifiesto que la idea de dominación del varón y discriminación de la mujer está sostenida, al menos por alguno de sus conspicuos defensores, sobre ideas contrastadamente falsas, aunque quizá mejor sería decir que, algunas personas evitándose el esfuerzo de informarse prefieren repetir lugares comunes que se han demostrado falsos, o bien, toman por realidades incontrovertibles hechos y conceptos que sólo están en su cabeza.

Es la sensación que me queda después de leer a la señora Bao quien para sostener su idea del machismo del lenguaje prescinde del hecho de que en castellano existen las palabras: dentista, siquiatra, electricista, periodista, o que, para justificar la discriminación de la mujer se ve en la necesidad de negar la existencia de las palabras enfermero y azafato, ya que entiende que los equivalentes masculinos de azafata y enfermera, serían sobrecargo y ayudante técnico sanitario los cuales, por el único hecho de “masculinizarse”, se convertirían en una categoría de mayor prestigio.

Ahora el leer al señor García Ortega, (“Miembra, por fin” El País de 22/06/08) he pensado que quizá equivocando género -literario en este caso- confunde la realidad con la ficción y se olvida de que el rechazo a la palabra miembra nada tiene que ver con el sexo de las personas, sino con la coherencia o incoherencia de la lengua. Por si le quedase alguna duda puede leer en este sitio los comentarios de Anna, Carmen Mourenza o Elena, al tiempo que se informa de que no se trata de un epiceno sino de un sustantivo común.

Punto a partir del cual se vendría abajo toda esa clave de bóveda que para él parece representar dicho término, vocablo casi milagroso que lo explicaría todo, desde las diferencias salariales a la pederastia. Sí señor García Ortega, muchas mujeres, ilustradas y conocedoras de la lengua y de su condición de mujeres, rechazan la palabra miembra. A quien parece que le cuesta mucho entender el término en otra que no sea su segunda acepción, es a usted, si uno se toma la molestia de leer lo más significativo publicado estos días en relación con esta polémica.

Lo que me hace preguntarme: ¿cambiaría algo las cosas demostrarle a este señor que las mujeres no cobran menos que el hombre por el mismo trabajo? ¿Cambiaría algo las cosas mostrarle que puede que las mujeres estén infrarrepresentadas en los consejos de administración pero ocupan todos los primeros puestos de la cúpula judicial en Cataluña? Me supongo que no, vista la facilidad que muestra para, prescindiendo de la realidad, ligar el hallazgo por la ministra de la palabra miembra, con la dominación masculina, “la violencia de género (masculina)” (sic en su escrito) e incluso la pederastia.

Reírse de uno mismo puede ser un signo de inteligencia. Cuestionar el “género” propio, a condición de no autoexcluirse de entrada, higiénico y saludable, . Lo otro, lo que hace el señor García Ortega, no pasa del viejo juego servil de reírle la gracia a la señora ministra que: acierta incluso cuando se equivoca, es elegante cuando tiene un lapsus y encuentra el camino y vierte luz incluso sin querer.

13 junio, 2008

De nuevo el género (gramatical)

Si impresionante es la demostración de osadía que demuestra Mónica Bar en su artículo en asuntos de lengua, no menos lo es su intención de llevar al terreno del machismo y la discriminación cosas que sólo están en su cabeza, como la pretensión de que azafata y enfermera son sólo escalas inferiores de lo que ella cree son sus equivalentes masculinos: sobrecargo y asistente técnico sanitario.
Pero también cuando atribuye a machismo el uso del masculino en la denominación de profesiones como médico o ingeniero olvidando que, en la misma lengua, llevan conviviendo pacíficamente esas formas con otras como las de electricista, ebanista o siquiatra (como muy bien recuerda Carmen Mourenza en su comentario) y por ningún lado se perciba que ningún machista (¿o quizá debiera decir machisto?) haya exigido que se cambien por electrecisto, ebanisto o siquiatro.
El feminismo de género llevado de su ceguera de que todo lo existente en la sociedad y la cultura, por definición patriarcales, no puede ser más que machista y discriminatorio para la mujer, al final termina realizando análisis tan desenfocados y equivocados como éste del que hace gala la señora Bao Cendón, más lamentable si cabe por el tono entre prepotente y pontificador del que acompaña su escrito.