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13 julio, 2012

12 julio, 2012

El neofeminismo y la paternidad


Lo que va más abajo lo había enviado como comentario aquí, pero al parecer la libertad de expresión, de quienes no dudan en ejercer de brazo ejecutor del neofeminismo  y realizar juicios sumarísimos como el que después de un video de 90 segundos le permite concluir que alguien es  “ un muy mal padre”,  no daba para tanto y el comentario ha quedado censurado. Como no quería quedarme con la palabra en la boca en este asunto ahora lo cuelgo aquí. Comienza con un párrafo de su contestación a Athini:

Y la segunda cuestión a considerar es que la relación de hombres y mujeres con el machismo-sexismo es como la relación de los negros y los blancos en el apartheid, no es remotamente comparable y equiparable.”

Los nazis llegaron a la conclusión de que entre un ario y un judío nada había en común. Evidentemente eso no se consigue de la noche a la mañana, solo después de un intenso entrenamiento ideológico  un humano puede llegar a negar la humanidad de otro. Pero una vez que se ha dado ese salto su aplicación es como un automatismo y para un nazi allí donde había un judío había un  ser despreciable,  no merecedor de  respeto y con el cual nada se compartía.

Lo que apunta en su contestación a Athini va por ese camino, entiende que los hombres y mujeres en nuestra sociedad viven algo parecido a lo que negros y blancos en el apartheid de la Sudáfrica anterior a Mandela. Por si alguien se ha perdido en lo que esto pueda significar tomo de Wikipedia lo siguiente referido a dicho sistema:

“Una ley promulgada en 1950 reservaba ciertos distritos en las ciudades donde sólo podían ser propietarios los blancos, forzando a los no blancos a emigrar a otros lugares. Las leyes establecieron zonas segregadas tales como playas, autobuses, hospitales, escuelas y hasta bancos en los parques públicos. Los negros debían, por otra parte, portar documentos de identidad en todo momento y les estaba prohibido quedarse en algunas ciudades o incluso entrar en ellas sin el debido permiso.”

Bajo premisas de este tipo, es decir, haciendo comparables las relaciones entre los sexos en la España del siglo XXI con el odioso sistema de segregación racial del apartheid, lo que se abre es esa brecha entre hombres y mujeres que después de cierto entrenamiento acaba conduciendo a la idea de que solo puede ser un espejismo que entre ambos pueda haber algo común. Esta idea se ve reforzada por esa consideración en bloque de hombres y mujeres que por supuesto termina anulando a las personas, y personas es lo que somos, no género. Ese mundo sin fisuras que haría de hombres y mujeres dos espacios completamente separados  es solo una aberrante creación de quienes sostienen la guerra de sexos como camino a alguna parte.    

Solo desde un enfoque de ese tipo se puede entender la virulencia contra la figura del padre y la falta de empatía con quien lo encarna, en lo que solo es un spot publicitario que si acaso estereotipase la figura de la mujer lo que demostraría sería la perversidad de la sociedad patriarcal y a quien  condenaría sería a la empresa anunciante. Como solo desde una perspectiva tan sesgada y maniquea es posible sostener que el maltrato infantil es cosa de varones; solo desde ese odio es posible negar lo que todos los estudios demuestran y es el gravísimo perjuicio que se causa a los chicos cuando se los priva de la figura paterna, y sólo desde esa perspectiva es posible ignorar que quien juega un mayor papel en la reproducción de la diferenciación de roles son las madres.

Claro que este tipo de enfoques totalitarios para ser efectivos precisan que al mismo tiempo que insuflan ese dualismo de buenos y malos, en este caso buenas y malos, cieguen al adepto para que justamente rechace todas las pruebas que muestran palmariamente que la realidad de las cosas no es esa y solo sea capaz de ver lo que avala sus prejuicios. De otro modo no es posible negar tantas cosas al mismo tiempo: neurociencia, estudios de campo sobre hijos criados sin la figura patena,  realidad del maltrato infantil y de la tercera edad, etc. Como solo desde un profundo rechazo de uno mismo es posible hablar de los hombres  en tercera persona y no explicar cuál es la gracia de la que uno estaría dotado y lo excluiría de ser un blanco más en el apartheid de género de la España actual tal como él mismo se empeña en calificar la situación de los sexos en nuestro país.

07 julio, 2012

Prefiero ser mujer


Hay un esfuerzo consciente por parte del neofeminismo para que  olvidemos la historia. Debería ser suficiente, según su punto de vista, el esquema simplista del enfoque de género sobre el patriarcado, como historia de dominación del hombre sobre la mujer en todas las épocas y todas las culturas, adornado con esos minúsculos espacios en los que ésta transcurre de otra manera y que permitirían vislumbrar lo hermoso que hubiera sido todo si quienes “hubiesen gobernado” hubieran sido las mujeres.

Y no es que yo pretenda llenar ese vacío en esta entrada,  escribo lo anterior como pequeño recordatorio de una realidad, pero también como introducción a la visión feminista de una mujer: Esther Tusquets,  nacida en 1936 y que en 2006 ha publicado un libro con el título: Prefiero ser mujer, en el que se recogen artículos de la citada autora sobre la condición femenina publicados, “sobre todo a finales de la década de los setenta y principios de los ochenta del siglo pasado.”

Como en los tiempos que corren cualquier referencia a esas fechas constituye adentrarse en un terreno mítico en el que el mundo prácticamente no había salido de las tinieblas originales, traer aunque sea muy extractado el relato de una mujer con esas características me da la impresión de que puede ser enormemente ilustrativo de, hasta qué punto basta la distancia de unas décadas para que el relato de una época se pueda alterar completamente.

Y si significativo es el título no menos lo es el párrafo en el que explica como se le ocurrió. Dice: “Porque, ¡claro que a ningún hombre se le iba a ocurrir titular un texto “Por suerte soy un hombre” o “Prefiero ser un hombre” –salvo como un gesto de provocación-, cuando llevan milenios ocupando una posición de poder y disfrutando de muchos más privilegios que nosotras! Equivaldría a proclamar algo tan obvio como “por suerte soy blanco” o “por suerte soy rico”. Para remachar lo anterior cerrando el párrafo con la siguiente frase: “Aunque no deja de ser curioso que todas las mujeres a las que he citado este título hayan respondido unánimes y sin vacilar: “Yo también. A mí me gusta ser mujer”.

Sería interesante bucear en esa realidad “discriminatoria” con las mujeres pero que a todas hace exclamar: prefiero ser mujer, y no se me escapa que, honestamente, la autora declara: “Hablaré, como siempre, del único mundo que conozco –el mundo del que hablaba en mis artículos y que reflejo en mis novelas-, el de la clase media acomodada del mundo desarrollado. Del horror, del espanto, que sigue siendo la vida de las mujeres en la cuatro quintas partes, o en cinco sextas partes del planeta, no puedo contar nada que no hayan contado mil veces personas más competentes que yo…”  lo que no le impide  acabar de este modo: “He de reconocer  que a mi nacer mujer no me ha supuesto graves desventajas.” 

Eran otros tiempos, la dictadura de género y lo políticamente correcto no impedían a alguien  como ella reconocer que la mujer podía ser celosa o mentirosa, o escribir con cierto tono de sana envidia: “Existe, pues, una escala de valores muy distinta. En los chicos la belleza es sin duda un valor positivo, pero no primordial, no tanto al menos como la inteligencia, la aplicación en los estudios, las buenas notas, los logros deportivos, la audacia, el valor físico que les lleva a trepar por los árboles o a liarse a trompadas con los compañeros, e incluso su éxito como rompecorazones.”

Visto desde la perspectiva de hoy, la benévola mirada de Esther Tusquets hacia los chicos en los años 70, mirada que pretende el reflejo de un estereotipo positivo, por contraste con la pasividad femenina, apenas si se mantiene en alguno de sus elementos, y más bien parecería que a ese  relato se le haya dado la vuelta como a un calcetín. Claro que todavía no se había impuesto esa visión que ha convertido al mundo en un lugar lleno de violadores y maltratadores  dispuestos a hacer de la vida de las mujeres un infierno. 


05 julio, 2012

Formas de ver las cosas (y la vida)


No hace mucho tiempo leí una preciosa novela: Entre cielo y tierra, del escritor islandés Jón Kalman Stefánsson. Como recoge la contraportada: “Los personajes de la novela se sitúan hace poco más de un siglo, en un poblado de pescadores de los fiordos occidentales, entre montañas escarpadas y un mar capaz tanto de dar alimento como de arrebatar vidas. Siguiendo una tradición centenaria, salen a pescar desde muy jóvenes en escuetos botes de seis remos en los que, a menudo, para alcanzar los bancos de bacalao, reman durante horas entre el oscuro oleaje. No saben nadar….

Ahora leo un reportaje en le Monde en el que se  habla de cómo se forjó la solidaridad femenina entre las islandesas, como consecuencia del “abandono” a que las sometían sus maridos pescadores,  y del que extraigo el párrafo de más abajo.  

Car dans cette île isolée soumise à de rudes conditions climatiques, où les femmes ont longtemps été abandonnées par leurs pêcheurs de maris, "une solidarité unique s'est développée par-delà les oppositions politiques ou idéologiques. L'idée générale, c'est : nous sommes des femmes, donc nous sommes ensemble", explique Halldóra Traustadóttir. Ce féminisme "à l'islandaise" est une école à part entière.



02 julio, 2012

Catecismo de género


El problema de los catecismos es que no permiten la innovación, se trata de repetir una y mil veces la misma cantinela, hoy igual que ayer e igual que mañana y siempre. El corsé del género pretende que  bajo las expresiones patriarcal o género existe algún contenido intelectualmente válido para analizar lo que pasa en la sociedad cuando en realidad justamente constituyen  instrumentos que lo que hacen es impedir la comprensión y velar lo que verdaderamente está pasando.

¿Qué sentido tienen esos términos en una sociedad en la que todos los derechos sobre la reproducción son de la mujer?  Cuando una expresión como: “Hablan de tribus del sureste asiático que son guays porque no existe la palabra “padre””  a la que hacía referencia en un comentario en la última entrada, habla muy claramente de la consideración que la figura del padre tiene en nuestra sociedad; cuando la desigualdad jurídica y social en perjuicio del varón no para de crecer.

Cuando hablar del fracaso escolar masculino o del equilibrio de sexos en los primeros años de la escuela está vetado y el suicidio se ha añadido a una larga lista de temas tabús que lo que tienen en común  es que de ser más públicos acabarían por sí solos con la leyenda de ese varón dominante, explotador y que vive a cuerpo de rey con el que el neofeminismo se llena la boca un día sí y otro también pero que la realidad cotidiana  desmiente. Como desmiente esa mujer llena de virtudes y madre amantísima, incapaz del menor delito o la más mínima corrupción que nuestra sociedad y cada día más nuestra legislación se empeña en presentar como la única imagen de mujer posible.