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04 octubre, 2016

Ciencia y filosofía

Nos movemos en la red entre debates de altísima altura sobre certeza científica y el valor de la filosofía, mientras en el plano de la realidad jurídica, política y sociológica encuentran su lugar todo tipo de artefactos e ideologías, de inventos e invenciones que quienes tienen poder imponen como novedades que la Humanidad no había descubierto, ni olido tan siquiera, y que vienen para indicarnos el buen camino de la corrección y los valores. 

Si la ciencia tuviese respuesta para todo, el problema del conocimiento no existiría. El problema es que la ciencia se muestra muy potente acerca de los fenómenos físicos pero mucho menos fuerte frente a los psicológicos o sociales. Se hace necesario por tanto construir métodos y protocolos que nos permitan aproximarnos a esos ámbitos en los que el conocimiento solo puede ser aproximativo. Y en esta tarea el reduccionismo no ayuda.

La filosofía, basándose en la interconexión de todo y las regularidades del mundo, pretende encontrar esos grandes lineamientos con los que guiar correctamente al pensamiento. Pero la tarea debe ser demasiado extensa y difícil porque en eso llevamos como mínimo 2.500 años y los problemas siguen tan vivos como el primer día, y frente a algunos de ellos la actitud con la que a menudo se abordan es más estúpida que nunca.

Lo cierto es que en el terreno de las ciencias sociales en las últimas décadas más que avances lo que parece que ha habido son verdaderos retrocesos y así ciencias, o materias que quieren serlo, como la Economía, la Sociología u otras viven momentos de auténtico descrédito, no digamos ya análisis como los electorales y, en general,  aquellos que tratan de conocer el estado de opinión de la ciudadanía sobre múltiples y variados problemas. 

Y en mi opinión eso de algún modo está conectado con el reduccionismo científico que a fuerza de prometernos “ciencia dura” para las ciencias sociales sea que tome como base la Física,  la Biología evolutiva o la Neurociencia a lo que realmente ha conducido es a la imposibilidad por un lado, de un pensamiento así, y por otro, como consecuencia de que carecemos de métodos para establecer que alguna tesis sería mejor que las otras, al triunfo del relativismo postmoderno.

Se cuestiona la validez de la Historia como ciencia y mientras tanto nos cuelan un Institut Nova Història en Cataluña con aportaciones tan interesantes como que Santa Teresa y Colom eran catalanes, o que la bandera de EE.UU tiene su origen en Cataluña. Gozan de plena vigencia las clínicas de homeopatía y en un reduccionismo absurdo se nos compara con las hormigas, los cerdos o los toros, cuando no se dice que somos supermáquinas. El anumerismo campa a sus anchas en la escuela y el periodismo pero pareciera que estuviéramos a punto de desvelar verdades nunca antes alcanzadas.


Ante una ciencia social que no distingue lo objetivo de lo subjetivo, el caso y su generalización, donde los conceptos tienen propietarios que los administran a su gusto, y donde no está claro si los seres humanos somos iguales, diferentes o todo lo contrario, entiendo el interés por dilucidar los grandes temas de la filosofía y la ciencia pero convendría también bajar al nivel del ciudadano corriente, ese que por ejemplo no entiende su nómina o confunde PIB con IPC, y comenzásemos por darle una vuelta a la escuela primero, para continuar por todo lo demás.


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