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03 enero, 2012

Despreciando la biología


Kate Millet, la feminista que acuñó el lema “lo personal es político” en otros momentos había escrito que “en el nacimiento no hay ninguna diferencia entre los sexos” y que “la personalidad psicosocial se forma en fase postnatal”.

Sobre estos presupuestos negadores de las diferencias biológicas entre los sexos se ha construido el feminismo en los últimos decenios, visión culturalista que, sin embargo, no se limita al territorio de las ideas sobre los sexos, sino que en buena parte constituye el paradigma cultural en el que nos movemos.

Constituye el presupuesto de partida de la escuela, pero constituye también en buena medida el soporte ideológico de una izquierda que confunde biología con racismo o que interpreta que si acaso esas diferencias fueran ciertas tendríamos abonado el campo a la desigualdad, confundiendo los planos de la biología y los del derecho.

Lo cierto,  es que el neofeminismo proclama esa igualdad de origen, pero a partir de ahí, ya no tiene dificultad en proclamar todo tipo de diferencias, diferencias que por ser culturales parece que deberíamos admitir como no dañinas, incluso cuando se sitúan en niveles en los que las diferencias biológicas no dejarían de ser más que pálidos reflejos, y como dice Elisabeth Badinter,  estuviera puesta en cuestión una común humanidad.

Es por eso, que obras como la de Steven Pinker, o Louann Brizendine y tantos otros aún cuando parecen de una solidez intelectual innegable quedan limitadas en su influencia a círculos más bien reducidos y sin que las importantes cuestiones que se derivan de un enfoque así, sean exploradas para proponer cambios en la escuela y tantos otros ámbitos en los que el paradigma culturalista parece absolutamente incuestionable. Ese, sin embargo, debiera ser, en buena medida, nuestro empeño.