Twittear
Mostrando entradas con la etiqueta culturalismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta culturalismo. Mostrar todas las entradas

26 enero, 2012

Educación: superación del neofeminismo y el culturalismo


Como quizá este sea el punto más rupturista con los análisis al uso echaré mano de algunas citas de autores que ayuden a interpretar lo que quiero decir. Y en primer lugar traeré algunas citas de Steven Pinker en la Tabla rasa, la primera que explica brevemente que dogmas pretende superar  con su libro:

En La tabla rasa, Steven Pinker explora la idea de la naturaleza humana y sus aspectos éticos, emocionales y políticos. Demuestra que muchos intelectuales han negado su existencia al defender tres dogmas entrelazados: la “tabla rasa” (la mente no tiene características innatas), el “buen salvaje” (la persona nace buena y la sociedad la corrompe) y el fantasma en la máquina” (todos tenemos un alma que toma decisiones sin depender de la biología). Cada dogma sobrelleva una carga ética, y por eso sus defensores se obcecan en tácticas desesperadas para desacreditar a los científicos que los cuestionan.

Y otra, esta ya del prefacio donde, expone que tesis sostiene en relación con el peso de la educación y la biología en la conformación de los seres humanos:

En la mayoría de los casos, la explicación correcta estará en una interacción compleja entre la herencia y el medio: la cultura es esencial, pero no podría existir sin unas facultades mentales que permiten que los seres humanos construyan y aprendan la cultura. Mi objetivo en este libro no es defender que los genes lo son todo y que la cultura no es nada -nadie cree tal cosa-, sino analizar por qué la postura extrema (la de que la cultura lo es todo) se entiende tan a menudo como moderada, y la postura moderada se ve como extrema. (La negrilla es mía)

Es por eso que,  en primer lugar, habría que poner sobre la mesa la necesidad de superar el paradigma feminista y culturalista sobre el que se asienta toda la labor educativa desde el momento en que niños y niñas entran en la escuela. Paradigma que en palabras de Kate Millet, la feminista que acuñó el lema “lo personal es político” se podría resumir con estas dos expresiones  “en el nacimiento no hay ninguna diferencia entre los sexos” y  “la personalidad psicosocial se forma en fase postnatal”. Sostener algo así en los tiempos que vivimos no sólo significa dejar sin valor todos los avances observados en terrenos como la neurociencia.  Como dice Steven Pinker, “El tabú sobre la naturaleza humana no solo ha puesto anteojeras a los estudiosos, sino que ha convertido cualquier conversación que verse sobre ella en una herejía que se debe erradicar”, pero también: “La teoría de que los hijos pueden ser moldeados por sus padres como se moldea la arcilla ha propiciado unos regímenes educativos artificiales y, a veces, crueles.”

Atender esta cuestión implicaría que la escuela renunciaría a un modelo único y exclusivo de relación en el aula basado en las características psicosociales de las niñas, con preferencia por los juegos de rol y una actitud más reposada y tranquila. Que el comportamiento de los niños no se ajuste a ese estándar no debería implicar ni una menor atención, ni por supuesto un rechazo. Añadir algunos elementos de competitividad y condescender algo más con unas mayores necesidades de actividad física no debería ser un hándicap que condenase a los alumnos varones a ser alumnos de segunda categoría, o a que se les prestase menos atención por revoltosos. Convendría diferenciar con cuidado cuando se trataría de un acto de pura mala educación del hecho de una mayor necesidad física. Como dice Louann Brizendine: “Aunque parezca contradictorio los niños inquietos aprenden más que los tranquilos ya que se les estimulan las células cerebrales y los músculos (al contrario que  las niñas que necesitan concentración y tranquilidad), algo que deberían tener en cuenta los profesores.” 

Pero implicaría también el abandono de la teoría de que los niños y niñas son seres amorfos  a los que se puede dar la forma que uno desee y se pueden manejar como esa arcilla de la que se habla más arriba. Los niños y niñas son seres humanos con predisposiciones, actitudes e intereses que los profesores ni pueden ni deben obviar  sino tomar como datos de partida imprescindibles para potenciarlos o corregirlos, pero con la idea clara de que ese niño o niña es un ser humano, en período de aprendizaje y con una amplia predisposición a aprender cosas, pero un ser humano  a quien no se puede manipular como  una materia inerte.

Pensar como piensa el neofeminismo y el feminismo institucional que el niño o el varón deban ajustarse a un “modelo” por ellas establecido y que se podría escribir en el libro blanco que el alumno es, no sólo representa una idea mil veces comprobada como errónea, representa un serio ataque a la dignidad de dichas personas, por mucho que pretenda justificarse en objetivos superiores. Como se recoge en esta entrada: http://personasnogenero.blogspot.com/2010/10/las-mujeres-se-hacen-los-hombres-ya_19.html el feminismo culturalista prescinde de explicar por qué han fracasado todas las tentativas del tipo: si nos das los mismos juguetes y nos educas igual seremos iguales. 

03 enero, 2012

Despreciando la biología


Kate Millet, la feminista que acuñó el lema “lo personal es político” en otros momentos había escrito que “en el nacimiento no hay ninguna diferencia entre los sexos” y que “la personalidad psicosocial se forma en fase postnatal”.

Sobre estos presupuestos negadores de las diferencias biológicas entre los sexos se ha construido el feminismo en los últimos decenios, visión culturalista que, sin embargo, no se limita al territorio de las ideas sobre los sexos, sino que en buena parte constituye el paradigma cultural en el que nos movemos.

Constituye el presupuesto de partida de la escuela, pero constituye también en buena medida el soporte ideológico de una izquierda que confunde biología con racismo o que interpreta que si acaso esas diferencias fueran ciertas tendríamos abonado el campo a la desigualdad, confundiendo los planos de la biología y los del derecho.

Lo cierto,  es que el neofeminismo proclama esa igualdad de origen, pero a partir de ahí, ya no tiene dificultad en proclamar todo tipo de diferencias, diferencias que por ser culturales parece que deberíamos admitir como no dañinas, incluso cuando se sitúan en niveles en los que las diferencias biológicas no dejarían de ser más que pálidos reflejos, y como dice Elisabeth Badinter,  estuviera puesta en cuestión una común humanidad.

Es por eso, que obras como la de Steven Pinker, o Louann Brizendine y tantos otros aún cuando parecen de una solidez intelectual innegable quedan limitadas en su influencia a círculos más bien reducidos y sin que las importantes cuestiones que se derivan de un enfoque así, sean exploradas para proponer cambios en la escuela y tantos otros ámbitos en los que el paradigma culturalista parece absolutamente incuestionable. Ese, sin embargo, debiera ser, en buena medida, nuestro empeño.