Quizá el efecto más devastador de la perspectiva de género resida en que finalmente incapacita para la alteridad, incapacita para la empatía. Empatía tantas veces argüida por el feminismo aunque el parecer sólo para exigirla al otro. A fuerza de creerme mejor acabo por hacer del otro el distinto, el diferente, el obstáculo. A fuerza de buscar mis razones me olvido de que quizá el otro también tenga algunas, me encierro en mí misma y finalmente no me resulta difícil culpar al otro de todo lo malo que pasa y que me pasa. El victimismo entonces lo ocupa todo. Sucede un poco lo que con el nacionalismo que finalmente acaba culpando de sus males al enemigo exterior. Creo que sobran ejemplos de lo uno y lo otro.
Si Amenábar muestra en Ágora cómo, quienes habiendo sido perseguidos se convierten en perseguidores con igual o mayor saña, en el caso del feminismo quizá esté resultando algo parecido aunque cueste más verlo porque nos afecta directamente y lo tenemos más cerca. El feminismo institucional o de género está tirando por tierra ¡y de qué forma! toda la historia anterior hasta convertir al movimiento en un mero sindicato de intereses dirigido por un lobby consciente de que administra un gran poder y que definitivamente ha renunciado a cuanto había caracterizado al feminismo histórico incluidas la idea de un movimiento democrático y de masas.
Negarse a admitir cualquier razón que venga del otro, justificar cualquier mentira o exageración siempre que favorezca a las mías, son los síntomas más claros de que se ha iniciado el descenso por el tobogán que conduce directamente al odio y la confrontación. Repetir una y mil veces lo de la discriminación salarial femenina sin preguntarse si es verdad o a pesar de saber que no es verdad, confeccionar estadísticas a nuestro acomodo para que nos ofrezcan los resultados que queremos, legislar buscando la eximente y el privilegio son cosas que están pasando en nuestro país hoy y son practicadas con fruición por el feminismo institucional…
Todas estas cosas están ahí. Saber ponderarlas en su justo significado ya no es tan fácil. Hasta el presente nada hemos oído del lado de las feministas para quienes la autocrítica es algo que no va con ellas, convencidas como están de que sus razones son tan poderosas que quien se oponga a ellas, sea con argumentos o sin ellos, no puede ser más que un vulgar enemigo de las mujeres que sólo merece el mayor de los desprecios. La cuestión es que, para resolver este asunto necesitamos restablecer el respeto mutuo y eso requeriría por su parte estar dispuestas a aceptar que lo que está en juego no es cosa de ángeles y demonios, sino de seres humanos que necesitan convivir sin pisar y sin que les pisen. Ni tan siquiera valdría aducir una opresión anterior para pensar que los hombres deberíamos aceptar las discriminaciones del presente.
Nota: Las anteriores reflexiones las he escrito después de participar en el debate que suscitó el siguiente artículo de Fanny Rubio en el diario El País