Kate
Millet, la feminista que acuñó el lema “lo personal es político” en otros
momentos había escrito que “en el nacimiento no hay ninguna diferencia entre
los sexos” y que “la personalidad psicosocial se forma en fase postnatal”.
Sobre
estos presupuestos negadores de las diferencias biológicas entre los sexos se
ha construido el feminismo en los últimos decenios, visión culturalista que,
sin embargo, no se limita al territorio de las ideas sobre los sexos, sino que
en buena parte constituye el paradigma cultural en el que nos movemos.
Constituye
el presupuesto de partida de la escuela, pero constituye también en buena
medida el soporte ideológico de una izquierda que confunde biología con racismo
o que interpreta que si acaso esas diferencias fueran ciertas tendríamos
abonado el campo a la desigualdad, confundiendo los planos de la biología y los
del derecho.
Lo
cierto, es que el neofeminismo proclama
esa igualdad de origen, pero a partir de ahí, ya no tiene dificultad en
proclamar todo tipo de diferencias, diferencias que por ser culturales parece
que deberíamos admitir como no dañinas, incluso cuando se sitúan en
niveles en los que las diferencias biológicas no dejarían de ser más que
pálidos reflejos, y como dice Elisabeth Badinter, estuviera puesta en cuestión una común humanidad.
Es por
eso, que obras como la de Steven Pinker, o Louann Brizendine y tantos otros aún
cuando parecen de una solidez intelectual innegable quedan limitadas en su
influencia a círculos más bien reducidos y sin que las importantes cuestiones
que se derivan de un enfoque así, sean exploradas para proponer cambios en la
escuela y tantos otros ámbitos en los que el paradigma culturalista parece
absolutamente incuestionable. Ese, sin embargo, debiera ser, en buena medida, nuestro empeño.