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03 enero, 2012

Despreciando la biología


Kate Millet, la feminista que acuñó el lema “lo personal es político” en otros momentos había escrito que “en el nacimiento no hay ninguna diferencia entre los sexos” y que “la personalidad psicosocial se forma en fase postnatal”.

Sobre estos presupuestos negadores de las diferencias biológicas entre los sexos se ha construido el feminismo en los últimos decenios, visión culturalista que, sin embargo, no se limita al territorio de las ideas sobre los sexos, sino que en buena parte constituye el paradigma cultural en el que nos movemos.

Constituye el presupuesto de partida de la escuela, pero constituye también en buena medida el soporte ideológico de una izquierda que confunde biología con racismo o que interpreta que si acaso esas diferencias fueran ciertas tendríamos abonado el campo a la desigualdad, confundiendo los planos de la biología y los del derecho.

Lo cierto,  es que el neofeminismo proclama esa igualdad de origen, pero a partir de ahí, ya no tiene dificultad en proclamar todo tipo de diferencias, diferencias que por ser culturales parece que deberíamos admitir como no dañinas, incluso cuando se sitúan en niveles en los que las diferencias biológicas no dejarían de ser más que pálidos reflejos, y como dice Elisabeth Badinter,  estuviera puesta en cuestión una común humanidad.

Es por eso, que obras como la de Steven Pinker, o Louann Brizendine y tantos otros aún cuando parecen de una solidez intelectual innegable quedan limitadas en su influencia a círculos más bien reducidos y sin que las importantes cuestiones que se derivan de un enfoque así, sean exploradas para proponer cambios en la escuela y tantos otros ámbitos en los que el paradigma culturalista parece absolutamente incuestionable. Ese, sin embargo, debiera ser, en buena medida, nuestro empeño.

23 octubre, 2008

¿Los intocables?

Hay ciertos lugares comunes que a pesar de estar basados en ideas que se han demostrado falsas, son muy difíciles de desterrar porque alguien se ha tomado la molestia de declararlos intocables.

Me sucedió ayer. Al hilo de esta entrevista escribí el comentario que aparece en primer lugar: “Lo que cada día es más evidente, es que la ciencia va por un lado y, el feminismo dominante y el pensamiento políticamente correcto, por otro.”

Pues bien como quiera que un comentario posterior, concretamente el 6, se dirigía expresamente a mí pidiéndome aclaraciones, con esta redacción: “Por cierto, Emilio, que en pleno siglo XXI, todavía ganen mas los hombres que las mujeres, por el mismo trabajo, y tu hables de feminismo dominante, me deja perpleja.”
Y como quiera que yo tenía interés en contestarlo por educación, pero también para dejar claro que no era cierto que las mujeres cobrasen menos, y aunque lo intenté por dos veces no fue posible conseguir que me lo publicaran, lo que como os podréis imaginar me molestó bastante, y sin que sea capaz de encontrar el motivo salvo que ese periódico se ha significado mucho en este tema defendiendo la tesis del feminismo dominante.

Hoy escribe este artículo sobre educación Enrique Gil Calvo de quien no pongo en duda ni su valía intelectual ni su capacidad, pero en el que seguramente por falta de un asesoramiento adecuado -reconoce expresamente que la autoridad que admite en este terreno es la de Julio Carabaña, una persona que entiende que los informes Pisa en realidad no dejan a España en una posición tan mala, sino más bien en un término medio- lo confunde todo, y, por basarse en presupuestos falsos, las conclusiones a mí entender, no pueden ser más equivocadas. Y con esto vengo a que también en el terreno de la Educación, se han propagado desde elevadas instancias educativas ciertos lugares comunes, uno de ellos éste de que más o menos estamos al lado de los de nuestra condición, que mejor sería que comenzásemos a desterrar, so pena de retrasar todavía más la ya de por sí alarmante ausencia de respuestas ante un problema que se puede hacer crónico si ya no lo es.