Tengo para mí que una de las grandes victorias del feminismo ha consistido en establecer no sólo el campo de juego, también las reglas con las que el otro tendría que jugar. Reglas que para sí serían sin embargo ambivalentes, por ejemplo no cabría hablar de diferencias hombre mujer, porque sería naturalizar los géneros, pero, ¡ojo! al tiempo eso sería compatible con sostener que la violencia es masculina, lo mismo que la guerra, o todavía más, se utilizaría, cuando así lo reclamase la situación, para justificar que ellos realizasen determinadas tareas o trabajos… porque son más fuertes físicamente.
Es decir, no cabría hablar de las diferencias, pero sí fijarlas jurídicamente, por ejemplo, determinando modos distintos de castigar las mismas conductas. Es más, cabría no sólo identificar los géneros con los sexos porque así habría sido desde el comienzo de los tiempos, también, y al margen de declaraciones sin virtualidad práctica, considerar que el futuro es de las mujeres. Pretender que se habla de no sé qué géneros donde en realidad sólo hay sexos. Negar en las declaraciones por biologicista lo que luego será la regla práctica por antonomasia. Hablar de la búsqueda de la igualdad en los géneros mediante la cosificación de las diferencias en cuanto a los sexos.
Y a mi entender su capacidad de convicción debe ser muy alta porque muchos desde el lado masculino siguen a pies juntillas estos dictados. De hecho relataba aquí hace pocos días cuando yo mismo en los distintos foros que participo, por ejemplo, relacionados con la educación arguyo que ésta no es entendible al margen de las políticas feministas, y alguien dice que eso no debe ser tratado porque fácilmente te pueden tildar de machista, y claramente se deja entrever que ni tan siquiera las armas del debate y el diálogo valdrían para asunto tan espinoso.
Pero en muchos otros niveles, hasta el punto de que el feminismo de género que ha pasado a constituir filosofía de Estado en nuestro país no es motivo de debate en ninguna parte, ni en el terreno político, ni en el jurídico donde las posiciones discrepantes sencillamente se arrumban como así ha sucedido con María Sanahuja o Francisco Serrano y algunos otros, ni en el cultural donde deberíamos aceptar que los periódicos tengan un suplemento dirigido a las mujeres: donde se habla de temas de mujeres, desde la óptica de las mujeres, y donde cuando del varón se trata es para hacerle un “traje a medida” y al mismo tiempo que diga que los medios están del lado de los hombres porque los directores lo son.
En mi opinión, sin embargo, las mujeres gozan de todo el derecho –con el límite de los derechos de los demás, tantas veces invadidos en los últimos tiempos- para reformular como mejor entiendan al papel que desean para sí y en relación con los otros, pero por la misma los hombres no debiéramos gozar de un derecho menor y eso incluye reconsiderar, desde el primer momento y en todas las direcciones que haga falta, el papel que deseamos para nosotros y en relaciones con los otros y las otras y eso exige comenzar desde el principio, estableciendo si entre hombres y mujeres existen diferencias y cuál es el mejor modo de alcanzar la igualdad, una igualdad que claro está ha de contentar a las dos partes, ya que para mí no tiene sentido algo así como que ahora es el tiempo de las mujeres y por tanto el momento de su dictadura.
Seguir en esto los dictados que impone el feminismo institucional de género conduce directamente a la situación de encorsetamiento en que se mueven los varones en este terreno, es decir, asistiendo en directo a cómo desde el feminismo se toman las decisiones que corresponderían a todos, pero desde la barrera y callado porque cualquier cosa que se diga puede ser sospechosa de las peores intenciones. O somos capaces de romper ese círculo vicioso o estamos condenados a jugar un papel subordinado sempiternamente. Pretender que la “opresión” del pasado justificaría el privilegio en el presente desde luego no puede ser la regla. Desde un punto de vista democrático lo que aquí cabe es el diseño y la ejecución de una sociedad de iguales y ese significa que todos tenemos derecho a decir y decidir, a cuestionar nuestro papel tanto como a que sea cuestionado por el otro o la otra.
En cualquier caso conviene no olvidar que este proceso hace ya mucho tiempo que empezó y si tenemos menos conciencia del mismo es porque para quienes no empezó es para los varones, pero si hoy recorremos un ambulatorio es fácil comprobar de qué enfermedades se habla o quienes protagonizan la publicidad y a quien va dirigida, pero si lo hacemos en un centro de enseñanza también donde nos podremos encontrar con una revista institucional dirigida a las chicas sin el correlato de la de los chicos, y dónde por todos lados figuran carteles y otro tipo de información en los que la única violencia existente sería la sexuada, ellos como agresores –también para los insultos- y ellas como las víctimas. Con eso mimbres es imposible contar que iniciamos un viaje a ninguna igualdad, ese es otro viaje del que se nos oculta casi todo.