El movimiento feminista fue liberal con Stuart Mill, marxista con Federico Engels, Carlos Marx y Alejandra Kollontai , ha sido “minoría” en el momento de las luchas contra la discriminación racial y contra la guerra de Vietnan, para desembocar en la actual situación de grupo de presión y feminismo institucional. El destino de las mujeres ha sido comparado al de los judíos del Holocausto en la pluma de Andrea Dworkin y otras, quienes las denominaban “survivor”, y ahora mismo, aunque de forma más discreta pero más efectiva, los protocolos de actuación en los casos de violencia de género siguen en todo a los acostumbrados para la violencia terrorista.
En cada una de estos momentos históricos, aun no siendo ni el movimiento más destacado ni el más combativo, ha ido acumulando derechos y conquistas en una progresión que parece no tener fin y que el feminismo de género se ha propuesto que no lo tenga nunca. Como si aquella vieja máxima de: mis derechos acaban donde comienzan los del otro, no rigiera para este feminismo, y, después de 150 años de acumular derechos y prebendas pretendieran, que aquí no ha pasado nada y, sostener la ficción de que la sociedad y los mecanismos de poder están en manos de los hombres.
Es más, en un movimiento de anticipación han declarado que quien no admita que esto es así no puede ser tildado más que de neomachista, o cualquiera de las múltiples expresiones con las que han decidido denominar a quienes osen sostener una opinión diferente, por muy argumentada que ésta esté, porque tampoco los argumentos valen, ya que como dice uno de los múltiples clichés de los que se han pertrechado abundantemente: cuando el hombre “define la realidad” lo que hace es perpetrar un acto de dominación. Hasta la inteligencia nos tienen prohibida
Paralelamente quienes así opinan son capaces de, en un retorcimiento absoluto de la realidad, realizar una campaña contra la custodia compartida, con el siguiente encabezamiento: “…desde Heterodoxia nos sumamos, apoyamos y nos solidarizamos con los planteamientos de igualdad y responsabilidad, denunciando el revanchismo de las multiples organizaciones de defensa de los privilegios masculinos, que se nuclean en torno a la reclamación de la custodia compartida, y que consideramos una maniobra para neutralizar los avances por y para la igualdad del movimiento de hombres neomachista.”(Sic)
Y un poco más abajo en una escandalosa inversión de los hechos decir que el único móvil que lleva a esos padres – antes se les tildaba de maltratadores- a actuar del modo que lo hacen es el económico ya que según su cálculo con la custodia compartida se ahorrarían la pensión alimenticia y ceder la vivienda en todos los casos a la madre. Claro que el que los términos de la realidad sean justo a la inversa parece que no les conduce a la misma conclusión porque habría que aplicarla a ellas. También en un ejercicio de cinismo inaudito postulan que la custodia compartida sólo sea posible contemplarla cuando hay acuerdo de ambos a sabiendas de que, estando como está la ley, eso equivale a decir que se hará lo que la madre quiera sin importar lo que pueda pensar el padre.
El feminismo ha ido identificando sucesivamente los derechos de la mujer: primero con la igualdad jurídica, luego con los derechos sociales: divorcio, aborto, enseñanza, trabajo… más tarde ha exigido un cambio en las reglas de juego para entrar de lleno en la dinámica de que allí donde la mujer no llega es porque el poder omnímodo del hombre se lo impide y por lo tanto hacen falta arbitrar todo tipo de medidas que permitan alcanzar el objetivo mediante el mecanismo que sea: discriminación positiva, paridad, y toda una larga lista de excepciones a la regla que sería difícil enumerar. ¡Ojo! que sus derechos no hayan parado de crecer no quiere decir que en correspondencia lo hayan hecho sus deberes. Este feminismo sigue considerando a la mujer una perpetua menor de edad, descargando como siempre ha hecho la responsabilidad en el hombre.
Pero lo que quizá no estuviera en la previsión de nadie, sería que una vez alcanzados y consolidados estos derechos y privilegios, lo que se declarase no fuese una tregua en esa tensión reivindicativa, aunque sólo fuese para hacer balance y ver en qué situación se encontraba cada uno de los sexos, sino que se declarase que todo estaba por hacer y que para el logro de esa sociedad feminista parezca que lo que se hace necesario sea doblegar al hombre, ese ser incapaz de renunciar a sus “enormes privilegios” y reconocerse un igual con la mujer.
Tampoco que la punta de lanza de esa estrategia estaría constituida por los movimientos de hombres profeministas quienes, sin ningún empacho, han decidido asumir sus posiciones más extremistas y sus postulados más misándricos. Lo que unido al hecho de que, también por el otro lado, quienes con más fuerza y dureza han criticado este feminismo misándrico de nuevo cuño sean mujeres del feminismo histórico, nos pone en la pista de lo inútil y absurdo de la principal tesis de su limitado bagaje ideológico, al pretender que el patriarcado es obra de uno sólo de los sexos, quien contra toda evidencia, se habría constituido en su único beneficiario.
Lo cierto es que esos 150 años al parecer no han sido suficientes para definir y concretar el ideario feminista, mucho menos para decirnos abiertamente y con claridad hacia dónde caminamos y qué destino nos tienen reservado a todos, en particular a los varones, a quienes hasta el presente el único papel que nos ha correspondido es el de convidados de piedra a los que toca oír, ver y callar... Perdón, quería decir en el mejor de los casos, porque más frecuentemente y siguiendo la consigna del feminismo radical americano se trata del enemigo a batir.
Lo único que a estas alturas podemos decir es que desconocemos la agenda oculta del feminismo dominante pero que a tenor de su actitud ante las separaciones y la custodia de los hijos, la violencia doméstica, la apelación constante al Código penal y las medidas represivas, su silencio ante el fracaso escolar masculino y en general ante el sufrimiento de los hombres, su probada y reiterada deshonestidad intelectual en el análisis de las cuestiones de género, su ética de quita y pon, que da por bueno para ellas lo que en ellos sería inadmisible y, a la inversa que ve gracioso en ellas lo que en ellos resultaría abominable… nada hay que nos haga pensar que algo de esto vaya a cambiar sino es mediante la toma de conciencia y posición de los hombres.