Estoy
leyendo un libro de neurociencia de alguien que sabe tanto como Antonio Damasio, quien a pesar de ello no deja de reconocer en cada página las dificultades de un territorio como
nuestro cerebro, y cuestiones tan espinosas como las emociones, los
sentimientos y los procesos de aprendizaje. Pero también de la pasmosa facultad
de nuestra memoria para expandirse y en un “efecto proustiano” vincular el recuerdo
de una interacción a nuestro pasado y a menudo el pasado de nuestra especie biológica y nuestra cultura.
Por eso
cuando leo cosas como lo que haya de ser la “masculinidad” puestas en manos de
quien ni es claro el título con el que las aborda, y lo que le guía es un
propósito ideológico, me echo a temblar. Si además nos proponen talleres para
cambiarla como se hace aquí
me pregunto si acaso como hacen los horteras con sus coches hay quien considera
que al igual que a ellos se nos puede tunear.
De
entre las muchas derivas del neofeminismo no es la menor que, en un demostración
más de su inmensa osadía y voluntad de control social, haya decidido por su
cuenta tomar como propio territorios como: lo que haya de ser la masculinidad,
el aprendizaje en la escuela y fuera de ella y en general haya decidido que
todo lo que tiene que ver con la moral social le compete y le compete de forma
exclusiva. Y a estos efectos de nada está valiendo la demostración de la
puerilidad de planteamientos como que los juguetes para niños y para niñas
hayan de ser los mismos o que en la escuela cualquier desviación del patrón de
que niños y niñas hayan de tener la misma conducta deba ser castigado.
En este
escrito ya mencionado en la bitácora se vuelve sobre el poder omnímodo y
todopoderoso de la publicidad como configurador de la “personalidad” de cada
uno, por supuesto sin percatarse de que no hay equivalente masculino a “porque
nosotras lo valemos”, además de dar a ésta una dimensión completamente desorbitada
sobre lo que pueda significar en nuestras vidas. No es ya que seamos pizarras
en blanco sobre las que escribir desde que nacemos, es que un spot publicitario
nos puede cambiar la vida. Si así fuese y teniendo en cuenta el papel que en
ella juegan mujeres y hombres habría que concluir que nuestro futuro -el de los hombres- sería muy
negro, aunque al autor del artículo muestre un claro sesgo selectivo.
Pero
más sorprendente me parece la actitud de la sociedad ante este tipo de
prácticas que han decidido sustituir la figura del especialista con título reconocido y sabiendo sobre qué
postulados metodológicos trabaja, por la del experto, generalmente alguien a
quien han decidido nombrar así sus pares, no en la academia, no en la
universidad o el colegio profesional, sino entre sus correligionarios o si se
quiere más claro entre quien quiera que sea que gobierna la llamada perspectiva
de género y cuya metodología será aquella que mejor se adapte a los propósitos
ideológicos de la misma.
Como sorprendente es que, ante las oscuras resonancias de los programas neofeministas que se proponían cambiar al hombre, cambiar la masculinidad, son ahora los profeministas quienes con igual propósito aunque distinta denominación nos proponen esos talleres sobre Nuevas masculinidades. Un curso acelerado de unos meses nos puede hacer un hombre nuevo. ¿A qué me recuerda esto?
P.S. para los que tan preocupados se muestran por la imagen que de la mujer da la publicidad, este anuncio nunca ha existido.