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13 abril, 2010

Mandarinismo

En mi opinión hay un aspecto de la propuesta del Ministerio de Igualdad, el Instituto de la Mujer y la UGT sobre cómo hayan de ser leídos los cuentos clásicos infantiles que no ha sido resaltado como se merece, en lo que significa. Me estoy refiriendo al hecho mismo de que una miembro del Gobierno y los demás organismos citados, se consideren en el derecho absoluto, y de la mano de los poderes que les confieren sus cargos, para penetrar en terrenos tan delicados y complejos como la educación y la cultura y decirnos a todos: profesores, maestros y sociedad en general, sin consulta previa, ni derecho a réplica, cómo hayamos de interpretarlos y qué tipo de mensaje hayamos de llevar al aula.

Porque más allá de la efectividad de una propuesta de este tipo, que a mí entender será de corto recorrido, en la sociedad queda que entre nosotros habita una élite, un grupo, una casta, que se ha autonominado y constituido con capacidad para interpretar lo que a todos conviene. Hoy en relación con los cuentos infantiles, ayer en relación con los estudios feministas y la Universidad, anteayer con la violencia y  mañana en relación con cualquiera otra cosa, y todo eso en una sociedad del siglo XXI que se considera democrática y plural. Es como si de repente alguien interpretase que  dado que la Iglesia católica va perdiendo peso en estas materias precisásemos de algo parecido, aunque esta vez desde el lado del Gobierno y el feminismo institucional.  

Que todo esto además se haga desde la prepotencia del poder y con fondos públicos obliga a preguntarse si no estará pasando que todos debemos atenernos a reglas y procedimientos excepto estas señoras y señores que parecen gozar de patente de corso para hacer y deshacer en terrenos que ni tan siquiera son de su competencia y donde tanto el ministro del ramo señor Gabilondo, como la oposición, como el resto de los interlocutores de ese Pacto por la educación que no acaba de nacer, como cualesquiera otros –ahora mismo hay en la red un manifiesto alternativo por la educación- deben hilar muy fino para conseguir cualquier pequeño avance y sin embargo esta gente desde su atalaya decide sobre cuentos infantiles, educación sexual, feminismo como trasversal en la Universidad y no sé cuantas otras cosas.  

Creo que es hora de recordar que ni el mandarinismo, ni el dirigismo cultural, por mucho que vengan disfrazados de ese ropaje de lucha contra el machismo,  pueden ni deben tener lugar en nuestra sociedad. No puede ser que nos hayamos dado una Constitución y hayamos construido una democracia de ciudadanos libres, para que ahora venga alguien a interpretar que todo eso debe quedar subordinado a los deseos y dictados de un grupo social en el que cada día es más difícil encontrar el verdadero objeto de sus propuestas, incluso su racionalidad,  y sí  ver aflorar una vocación totalitaria y un ansia de poder que está dividiendo profundamente a la sociedad y que en nada augura ni prefigura  esa pretendida sociedad de iguales que, nominalmente al menos, sería el objeto de sus desvelos.