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20 julio, 2011

Elevatorgate

En la bitácora de Manu se ha suscitado un importante tema que no deberíamos dejar pasar y sobre el que sería necesario desarrollar algún tipo de respuesta ya que, a mi entender al menos, constituye la expresión más clara y contundente de la brutalidad con la que el feminismo de género ha decidido posicionarse frente a los hombres. Se trata de la voluntad absoluta y soberana para definir qué deba entenderse por acoso sexual y violación, hasta el punto de que como el caso revela una simple invitación a tomar café pueda constituir tal cosa.

http://loquepienso.wordpress.com/2011/07/11/el-universo-elegante/

3 comentarios:

  1. Keyser Söze5:04 p. m.

    Lo que en realidad da miedo no es el radicalismo de estas mujeres sino su arbitrariedad.

    Creo que, si por algún lugar se las puede y debe atacar, es precisamente por ese. Porque la consideración, a sus ojos, de un hombre como machista o acosador no depende de criterios objetivos (ya que dependiese, al menos, de algún tipo de criterio) sino del capricho del momento.

    Para estas mujeres el mismo ofrecimiento de un café puede ser acoso si proviene de un macho delta o de un chico poco agraciado pero, por el contrario, ser un halago e incluso un motivo de presunción ante sus iguales si proviene de un macho alfa o de un superior jerárquico al que se desea complacer.

    El ofrecimiento es el mismo, pero no es la misma su reacción. Puede, incluso, suceder que el macho alfa sea bienvenido un determinado día y rechazado al siguiente.

    El colmo de su falta de racionalidad, con todo, es el hecho de que alguna de ellas no dejará de quejarse de que los hombres (los que a ella le interesan) son poco atrevidos o lanzados (cuando a ella le interesa). ¿Cómo han de serlo? Está escrito que quien paga en plátanos acaba contratando monos. Pues con estas mujeres sucede lo mismo: nos toman por idiotas... ¿cómo van a conseguir que los inteligentes se les acerquen? Y, sobre todo, ¿para qué?

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  2. Piensa por un instante Keyser la situación con los papeles cambiados, que fuese ella quién lo invitase a él, piensa en un hombre que denunciase como impropio una invitación a tomar café, piensa incluso situaciones mucho más fuertes y las posibilidades de que alguien se tomase en serio esa queja.

    Hay, efectivamente, ambivalencia, doble moral, ausencia de norma, pero hay también el señorío de decir cuándo, cómo, hasta dónde, el otro puede o no puede, hasta el punto de que una simple invitación a tomar café adquiera la condición de catagoría que ha adquirido ésta.

    En algún Estado de EE.UU, el visual harassment, está considerado acoso sexual. En el fondo es acariciar la idea de un poder absoluto, imponer al otro la obligación de que interprete hasta mi silencio, es sentir que el otro es alguien que está a mi entera disposición porque me he constituido en la jueza absoluta de la misma

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