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20 julio, 2011

Elevatorgate

En la bitácora de Manu se ha suscitado un importante tema que no deberíamos dejar pasar y sobre el que sería necesario desarrollar algún tipo de respuesta ya que, a mi entender al menos, constituye la expresión más clara y contundente de la brutalidad con la que el feminismo de género ha decidido posicionarse frente a los hombres. Se trata de la voluntad absoluta y soberana para definir qué deba entenderse por acoso sexual y violación, hasta el punto de que como el caso revela una simple invitación a tomar café pueda constituir tal cosa.

http://loquepienso.wordpress.com/2011/07/11/el-universo-elegante/

02 diciembre, 2007

El consentimiento femenino

A propósito de la cita de E. Badinter el 27 de noviembre Sancos ha abierto la posibilidad de un intercambio de textos sobre el consentimiento femenino del que no deseo olvidarme. Por hoy voy a traer un pequeño texto extraido del mismo libro que a propósito de consentimiento femenino relata lo siguiente:

A título ilustrativo, un (una?) estudiante de Harvard escribió una pieza sobre una violación, Calling It Rape, a finales de los años 80. El fin: alertar a sus condiscípulos sobre la violación fundada en el malentendido verbal. Katie Roiphe cuenta en un pasaje: “Mientras un chico y una chica están viendo un vídeo, el comienza a acercarse a ella. La chica no tiene ganas de hacer al amor. Como la situación progresa, ella dice en un último esfuerzo por comunicar su falta de entusiasmo: “Si quieres hacer el amor, utiliza un preservativo”. El interpreta este proposición como un sí, pero en realidad es un no. Y según el autor de la pieza, lo que suceda, preservativo o no, es una violación.

Pero prometo traer una cita más amplia sobre el mismo asunto

27 noviembre, 2007

Cita de E. Badinter

Traigo hoy al blog una cita del libro “Por mal camino” de Elisabeth Badinter quien después de comentar el desprecio por el rigor y la verdad de algunos de los estudios sobre violencia contra las mujeres escribe:

“… ¿Por qué entonces inflar las estadísticas de violación, que por su naturaleza son tan difíciles de conocer, sino para explotar más de lo necesario la imagen de la mujer víctima del hombre violento?

Las estadísticas de acoso sexual apelan al mismo tipo de comentarios. Al anunciar la próxima ley europea ya evocada sobre el acoso*, la comisaria Anna Diamantopoulou ha recordado que “del 40% al 50% de las mujeres en Europa han recibido avances sexuales no deseados” y que “en algunos Estados los han sufrido el 80%”. Sin hablar del “beso robado” tan caro a Trenet y a Truffaut. ¿Qué se computa entre los “avances sexuales no deseados? ¿Un gesto a destiempo? ¿Una palabra de más? ¿Una mirada muy insistente? Pero, como muy bien destaca Katie Roiphe, la dificultad con estas nuevas reglas, es que los avances sexuales no deseados forman parte de la naturaleza e incluso de la cultura: “Para recibir una atención sexual deseada, es necesario dar y recibir algunas no deseadas. En verdad, si no se permite a nadie asumir el riesgo de ofrecer una atención sexual no deseada, seríamos todos criaturas solitarias.”

La consecuencia de esta evolución es la generalización de victimización femenina y de la culpabilidad masculina. Sin llegar a los excesos de A. Dworkin o de C. MacKinnon, la mujer adopta poco a poco el estatuto de niño: débil e impotente. Del niño impotente, tal como se lo concebía con anterioridad a que Freud lo definiese como un “perverso polimorfo”. Del niño oprimido por los adultos contra los cuales no puede nada. Se vuelve a los estereotipos de antaño –a los tiempos del viejo patriarcado-, cuando las mujeres, eternas menores, apelaban a los hombres de la familia para que las protegieran. Y visto que hoy ya no hay hombres para protegerlas, el patriarcado es sustituido por el “viriarcado”. Todos los hombres son sospechosos, y su violencia es ejercida por todas partes. La mujer-niño debe remitirse a la justicia como el niño que solicita protección a sus padres.

Lo que molesta más de este enfoque no es evidentemente la denuncia de la violencia contra las mujeres, sino la causa a la que se asigna esta violencia. No se trata de condenar a los obsesos, los malvados y los perversos. El mal es mucho más profundo porque es general y afecta a la mitad de la humanidad. Es el principio mismo de la virilidad lo que es puesto en cuestión. MacKinnon y Dworkin pueden afirmar que la male dominance es el efecto de nuestra cultura, la acusación colectiva, “siempre y en todo lugar” hasta conferirle un aire natural, innato y universal que causa horror. Es necesario cambiar al hombre, se nos dice, es decir, su sexualidad, porque es en ella donde enraíza la opresión de las mujeres en el sistema social.

En Francia, se evita acusar explícitamente a la sexualidad masculina, pero poco a poco un consenso se ha fraguado entre las universitarias para designar las relaciones hombre/mujer como relaciones sociales de sexo y hacer de la “dominación masculina” la ultima ratio de la desgracia de las mujeres. Con ocasión del Día de la mujer, el 8 de marzo de 2002, Francine Bavay et Geneviève Fraisse publicaron en Le Monde un artículo titulado “La inseguridad de las mujeres” que oportunamente venía a recordar todo esto. “La violencia está sexuada, decían, porque tanto el robo como la violación pertenecen en primer lugar a los hombres (....) La violencia está sexuada, expresión de una sociedad que está, en el mundo entero, estructurada por la dominación masculina”. Para citar a continuación “que las brutalidades, de la violación a la lapidación, del acoso sexual a la prostitución, del insulto al desprecio, son los signos repetidos de un poder de dominación”.

Incluso si es defendible en la forma, se ha substituido la condena del abuso masculino por la denuncia incondicional del sexo masculino. Por un lado Ella, impotente y oprimida; por otro El, violento, dominador y explotador. Helos ahí, el uno y la otra como opuestos. ¿Cómo no salir ya de esta trampa?”

* Se refiere a una Ley europea de la que la vigente en nuestro país es una transposición.

21 mayo, 2007

¿Baile de cifras, o de máscaras?

Ayer publicaba la prensa los resultados de una encuesta del Ministerio de Trabajo y Seguridad social http://www.tt.mtas.es/periodico/Laboral/200705/LAB20070520.htm
según la cual, entre otros muchos datos, aparecía el de que menos del 1% de los encuestados declaraba padecer acoso sexual.

Los datos que está difundiendo el Instituto de la Mujer hablan sin embargo de un 15 %.
Como el tema es muy serio, seria conveniente que se dejara de jugar irresponsablemente con estos temas. Si la distancia entre ambos porcentajes, alcanza la dimensión que alcanza, todo es más difícil de entender si tenemos en cuenta que es el mismo ministerio quien encarga ambas encuestas.

Vengo denunciando desde hace tiempo la manipulación estadística que permanentemente se produce en el tema de la igualdad. Lo que nunca pensé encontrarme es con algo tan escandalosamente grotesco.

30 abril, 2007

¿Adiós al monopolio de la verdad?

Desde hace bien poco tiempo y gracias a Athini y Wonka todo el mundo tiene la ocasión de comprobar que lo que el feminismo institucional pretendía establecer como verdad incontestable, en relación con la violencia doméstica, el acoso laboral o la famosa doble jornada de la mujeres, se están demostrando datos interesados obtenidos gracias al casi exclusivo monopolio que sobre ese tipo de encuestas y estadísticas mantiene. Otras autoras y autores ya habían puesto en cuestión la honestidad intelectual con que tales estadísticas se estaban confeccionando, y habían puesto seriamente en cuestión los datos conocidos, pero hacía falta esta confirmación para que quedase claro que la crítica no se hacía por hacer, o porque el neomachismo galopase de nuevo.

Nos hemos enterado de que los hombres también sufren violencia doméstica, (www.wonkapistas.blogspot.com entradas de 6 y 8 de febrero de 2007), que las estadísticas europeas sobre acoso en el trabajo desdicen las de nuestro Gobierno, (misma bitácora, entrada del 23 de febrero); o que, ahora se demuestra con estadísticas de 25 países que, a pesar de la pregonada doble jornada de las mujeres, los hombres trabajamos el mismo tiempo que ellas, con la diferencia de que nosotros trabajamos más fuera de casa y, a la inversa, ellas lo hacen más en el cuidado de la familia y el hogar (ídem, entrada del 18 de abril de 2007).

Claro que si me preguntáis que incidencia va a tener esto en el cuerpo social tengo para mí que nula. Primero porque difícilmente estos resultados llegarán a una parte significativa a la población, pero segundo porque para combatir el prejuicio alimentado por el feminismo institucional en relación con estos temas me parece que van a hacer falta muchas encuestas de ese tipo, dado el complejo entramado de intereses ideológicos y políticos que hay en relación con estos temas. De hecho los 200 años de experiencia feminista a nivel mundial no han pasado en balde.

En relación con la violencia doméstica ya diversos autores y autoras habían clamado al cielo por el cuestionario, la metodología utilizada y el hecho incalificable de no incluir al hombre como posible sujeto pasivo de la misma (Elisabeth Badinter en “Por mal camino” o Marcela Iacub y Hervé le Bras en un artículo publicado en Les Temps Modernes nº 623 de abril del 2003, con el título de Homo mulieri lupus? Para el caso francés realizado con el mismo patrón que el que luego aplicaría el Instituto de la mujer en nuestro país.)

Lo mismo se puede decir del hecho de excluir al hombre de las encuestas de acoso sexual en el trabajo como hace el estudio recientemente llevado a cabo por el Instituto de la Mujer, (http://webs.uvigo.es/pmayobre/textos/varios/1informe_acoso_sexual.pdf)

y realizar campañas financiadas con fondos públicos en las que a pesar de que las denuncias por este hecho, no alcanzan el 1%, las portavoces del Instituto de la mujer hablan de un 15 % de mujeres acosadas y lamentan que no haya más denuncias.

Y aquí es necesario un inciso. En estas encuestas, por ejemplo la de acoso sexual, que se confeccionan con las declaraciones de mujeres y que por tanto recogen una apreciación subjetiva, y donde el acoso se define de forma tan laxa que una mirada lo es, (en la entrada de 5/5/2006 analizo esta cuestión con más detalle) cómo calificar que se promueva la denuncia, efecto: ¿sugestión?, ¿llamada?. Por cierto no he oído ningún comentario por parte de las autoras del estudio español al estudio de la U.E. Fourth European Working Conditions Survey, dónde no sólo se rebaja la cifra de acoso laboral sino que además se señala que los hombres lo padecen tanto como las mujeres.

En fin en menos de 2 meses una serie de estudios dejan bien a las claras que lo que muchos y muchas veníamos denunciando desde hace años ahora se ve corroborado por la estadística, pero mucho me temo que, al igual que antes, esto pueda significar cualquier cambio de rumbo en la ideología de género, tampoco en la acción del Gobierno en relación con estos temas.

Que no pretendan convencernos de que por ahí debe ir la historia. Es demasiada la chapuza, es demasiado evidente la falta de equidad y justicia de muchas de las propuestas, demasiados los principios modificados para ser sustituidos por no se sabe muy bien qué, demasiado evidente la influencia del lobby feminista (leed la entrada de Joaquín Leguina, http://www.joaquinleguina.es/de-la-igualdad-y-sus-complicaciones y demasiada mezcla de intereses como para pensar en un proceso ejemplar, en un proceso que sentará precedentes para la legislación de otros países.

26 abril, 2007

Feminismo gubernamental

¿Por qué todo lo relacionado con el feminismo gubernamental es tan chusco y extraño?

En uno de los últimos programas de entrevistas de Jesús Quintero, Carmen Calvo, la ministra de cultura, dijo que a ella, que era feminista, le gustaba que le dijesen piropos y le abriesen la puerta del coche, extendiéndose en que feminismo no es lo contrario de machismo....

Yo me pregunto, ¿cómo es posible que toda una ministra desconozca que su Gobierno ha pasado una encuesta en la que los piropos están considerados acoso sexual? ¿ Hasta ese punto llega el extraño proceder de su Instituto de la Mujer que no sólo no se digna explicar al común de los mortales quién y qué avala las preguntas de sus cuestionarios sobre esta y otras cuestiones sino que esas explicaciones no llegan ni al Consejo de Ministros?

¿Habrá que considerar a la señora ministra una de esas personas que sin sentirse acosadas hay que incluir en el llamado acoso técnico que propugna el citado Instituto? ¿Es tan grande el divorcio entre las propuestas de esa institución y la calle que pueden pasar estas cosas? Y si es tan grande ¿no deberían hacer algo?

14 marzo, 2007

El Circo de la igualdad

De pequeño iba mucho al Circo. Era un espectáculo que me fascinaba. Los números iban “in crescendo” y siempre había un más difícil todavía, que el presentador acompañaba con aquellos ¡ale hop!.

Nunca creí que la vida tratase de imitar al Circo, pero ¡qué sabía yo lo que me quedaba por ver!

Imagínense que tengo intención de conocer un problema social, pongamos que el acoso sexual en el mundo de la empresa. Y supónganse, que como soy feminista, elijo una muestra que excluye a las hombres. Supónganse el siguiente cuestionario:

Acoso leve:

- Chistes de contenido sexual sobre la mujer

- Piropos / comentarios sexuales sobre las trabajadoras

- Pedir reiteradamente citas

- Acercamiento excesivo

- Hacer gestos y miradas insinuantes

Acoso grave:

- Hacer preguntas sobre su vida sexual

- Hacer insinuaciones sexuales

- Pedir abiertamente relaciones sexuales sin presiones

- Presionar después de la ruptura sentimental con un compañero

Acoso muy grave:

- Abrazos, besos no deseados

- Tocamientos, pellizcos

- Acorralamientos

- Presiones para obtener sexo a cambio de mejoras o amenazas

- Realizar actos sexuales bajo presión de despido

- Asalto y como acoso

Y que la inmensa mayoría de las encuestadas que dicen sentirse acosadas lo son por acoso leve. Como el objetivo último de este estudio, es una buena campaña publicitaria y necesito una sola cifra, pondero el peso relativo de cada uno de ellos combinado con la gravedad del acoso (a esto E. Badinther le llama amalgamar) hasta obtener el dato del 10% de mujeres acosadas. Pero ¡ojo!, he observado que entre las encuestadas las hay que viven algunas de las situaciones señaladas más arriba sin considerarlas acoso; y como yo soy una técnica avisada entiendo que eso no puede ser por lo que se hace necesario revisar al alza la cifra de acoso declarado hasta elevarla al 15 por ciento, lo que denominaré “acoso técnico”.

Observen ustedes que mi astucia me ha conducido a corregir todas las posibles desviaciones, como incluir al hombre en la encuesta, lo que sólo distorsionaría los resultados y dificultaría su publicidad, pero también evitar el error que supondría no corregir la ceguera a la que esta sociedad patriarcal ha conducido a muchas de nuestras conciudadanas que viviendo situaciones de auténtico acoso, como tener que soportar piropos o chistes de contenido sexual, incluso soportar preguntas e insinuaciones declaran no sentirse acosadas. Y qué decir del número, como de prestidigitador, que me ha permitido convertir las percepciones subjetivas de cada entrevistada en un índice objetivo, una cifra redonda, que como ya sabéis denomino “acoso técnico”. Pero vengamos a la realidad, ya que todo el interés de esta encuesta lo es en la medida que sirva para corregir esta lacra social, y como también ustedes saben, nada mejor para alcanzar este objetivo que una amplia difusión en los medios de comunicación y, nada de una escena de compañeros contando un chiste de contenido sexual, es necesario dar la información acompañada de imágenes sobre tocamientos, acorralamientos, asalto y acoso... El objetivo bien lo merece.

Les parecerá que algo tan ambicioso y una pretensión de tal tamaño no serán nunca realizables...... Y, si les digo, que además lo haré con todo el apoyo oficial y financiado con el dinero público, lo que me garantizará no sólo la financiación sino que el estudio alcance la resonancia que se merece. Seguro les parecerá que mientras no lo vean no se lo creerán. Pues váyanselo creyendo. Todo esto ha sucedido, con la diferencia de que la encuesta no la hice yo, sino el Instituto de la mujer.

Pero, saben ustedes que en el Circo siempre hay un más difícil todavía. ¿Qué les parecería que después de la intensa campaña de publicidad en los días y semanas siguientes a la publicación de los resultados, más en concreto, cuando ya casi va transcurrido un año desde la aparición del estudio, decido ir ciudad por ciudad anunciando los resultados al lado del Alcalde y concejales de cada ayuntamiento....? ¿Qué les parece si además los presentó no como resultado de una encuesta sino como el reflejo de la realidad? Seguro, eso ya les parecerá de aurora boreal. Pues para que vean que en el Circo de la Igualdad nada es imposible, lean la siguiente noticia aparecida en http://www.elprogreso.es/noticia.asp?sec=&edic=13/03/2007&id=342537 edición digital de el diario El Progreso de 14 de marzo de 2007:

“Un 15 por ciento de las trabajadoras en España sufrieron acoso sexual en su centro laboral el pasado año, si bien poco más de un uno por ciento acudió a alguna institución para buscar soluciones, según informó hoy la directora del Instituto de la Mujer, Rosa Peris.”

Sorprendidos eh¡ pues prepárense que esto no ha hecho más que empezar.

05 mayo, 2006

Encuesta sobre acoso IV

Y así llegamos a la encuesta sobre el acoso que a pesar de anunciarse como pionera, a mi entender repite, paso por paso, lo ya comentado anteriormente y así en el segundo párrafo de la Introducción, se nos anuncia ya:

“El acoso sexual puede ser sufrido tanto por hombres como por mujeres. Sin embargo la mujer se convierte en la principal víctima del mismo porque su situación en el mercado laboral es claramente inferior respecto a los hombres, por su inestabilidad en el empleo y su subordinación jerárquica profesional.”

Se nos anuncia como viene siendo la tónica de todos los estudios que de nuevo el hombre no va a ser objeto de estudio. Y esto en base a una argumentación bastante pobre que lo que destaca es que no se trata de la “víctima principal”. Es decir, que antes de realizado el estudio ya se nos avanza algo de cual será el resultado. Pero, aún en el supuesto de que así tuviera que ser no se entiende por qué ese argumento es motivo suficiente para excluirlo del estudio. Es como si para estudiar el fracaso escolar se excluyera a las chicas porque se sabe que no son las que más fracaso tienen. Quien entendería algo así. Si el estudio es para conocer la realidad del acoso sexual en el trabajo en nuestro país, necesariamente debe estudiar la incidencia en hombres y mujeres. No hacerlo así, está revelando un sesgo que no se corrige con el hecho de que el título del mismo hable exclusivamente de las mujeres.

El segundo aspecto del estudio a mi entender completamente criticable es su confección a partir de la amalgama de todas las modalidades de acoso: muy grave, grave y leve, con características y gravedad completamente diferentes y con pesos específicos totalmente distintos y donde el leve, es decir,

- Chistes de contenido sexual sobre la mujer
- Piropos / comentarios sexuales sobre las trabajadoras
- Pedir reiteradamente citas
- Acercamiento excesivo
- Hacer gestos y miradas insinuantes

representa la inmensísima mayoría. Es decir, que la mayoría de ese acoso estaría dentro de la categoría de leve, aún cuando en los medios de comunicación y en los debates que se suscitaron alrededor del tema, lo que realmente se resaltase sería el acoso grave o muy grave. Desde luego una tal composición del índice recuerda a aquel carnicero que pretendía colar como picadillo de mezcla uno con 20 partes de cerdo y 1 de ternera.


La tercera consideración tiene que ver con el propio cuestionario de la encuesta. Visto anteriormente lo que se considera acoso leve, la encuesta considera acoso grave

- Hacer preguntas sobre su vida sexual
- Hacer insinuaciones sexuales
- Pedir abiertamente relaciones sexuales sin presiones
- Presionar después de la ruptura sentimental con un compañero

Hay en esta relación, al menos uno de los ítems, que me choca. No entiendo por qué constituiría acoso grave pedir abiertamente relaciones sexuales sin presiones, al margen de que seguramente la imprecisión de los términos no sea más que una coartada para que cada uno interprete lo que en cada caso desee. Si en realidad se refiere a que entre dos compañeros de trabajo, el uno pueda pedir a la otra, o la otra al uno, relaciones sexuales, sin ningún tipo de presión, me parece como mínimo excesivo que esto pueda ser considerado coma una actitud grave de acoso sexual.

Pero si uno va a la realidad social descubre que, o bien la encuesta está fuera de la sociedad o la sociedad fuera de la encuesta. Recientemente en el programa de Channel nº 4 en uno de los debates de mujeres que se plantea semanalmente, 3 de las 4 mujeres allí presentes, defendían abiertamente que la mujer tenía todo el derecho del mundo a jugar con todas sus armas de seducción en el vida laboral, ya fuera para una entrevista de trabajo o en una reunión del Consejo de Administración. ¿Se debería entender a la luz de al encuesta que lo que allí se proponía era el acoso sexual generalizado?

Pero puestos en esta situación cabe preguntarse quién ha confeccionado el cuestionario, quién establece qué es o no es acoso sexual, en por ejemplo, el caso de los chistes verdes o los piropos. Por cierto que se debe entender por piropo ¿una grosería? ¿algo desagradable o quizá entra ahí también el decirle a una compañera, o a un compañero, qué guapo estás o que bien te sienta eso?. Quizá sobre todas estas cuestiones pueda haber más de una consideración perfectamente válida, pero eso queda ya para el ámbito privado, en el de la opinión pública lo que desde ya ha quedado establecido es que somos un país de acosadores en el que una de cada 10 trabajadoras sufre acoso sexual. De entre los trabajadores ninguno porque lo que no está en los medios, sencillamente no existe.

Finalmente, y teniendo en cuenta que el estudio concluye que en prácticamente la mitad de los casos en los que la empresa conoce lo que ocurre, no hace nada, es posible que se abra un importante frente de conflictividad y confrontación con los empresarios, teniendo en cuenta la responsabilidad que la nueva Ley de Igualdad establece para los mismos y los poderes que la misma concede al Instituto de la Mujer.

Como conclusión más general de todo lo dicho destacar, cómo en todos los casos la representación mental de las situaciones de violencia conducen a establecer una única víctima la mujer y, en consecuencia, un único verdugo el hombre, y todo mediante el simple mecanismo de hacer desaparecer al hombre, sea del propio estudio, sea de la presentación a la opinión pública y, aunque para cada caso la argumentación que se ofrece es diferente, en ninguno tiene la suficiente entidad como para no considerar el sesgo de la encuesta y por tanto la manipulación estadística a la que una tal actitud conduce.

Si lo anterior es grave, no lo es menos que, justamente sea desde un instituto público desde el que se estén realizando estos estudios, y en todos los casos sea una ideología y un círculo reducido de personas quienes establezcan qué está bien y qué está mal, qué constituye acoso y qué constituye violencia, en muchos casos en una evidente exageración de ambos conceptos con el único fin de imponernos a todos una visión del mundo dividido en dos mitades: hombres y mujeres, en las que los primeros, como clase dominante que son y para mantener sus inmensos privilegios, no dudan en utilizar todo un arsenal de medios violentos contra la otra parte, la de las mujeres, caracterizada de este modo como una víctima permanente, siempre y en todos los casos.

Poco importa ya que, en un caso como el de la encuesta comentada, uno legítimamente pueda, a estas alturas, formular toda una serie de reparos pertinentes en relación con la exclusión del hombre como sujeto de análisis y los motivos aducidos para tal cosa, o demostrar de forma abrumadora que proceder de ese modo invalida las conclusiones de la encuesta. Una vez publicados los datos en todos los medios, y una vez que en televisión esa información se acompañó de escenas en las que alguien sin reparo y por debajo de la mesa, pretende colar su pie en medio de las piernas de su compañera, o quien insistentemente trata de retener cogida de la mano a una compañera que hace todo lo posible por zafarse. Combatir ese estado de opinión, que cuenta con el beneplácito oficial sin utilizar unos medios equivalentes, no puede estar más que condenado al fracaso, pues en la opinión pública está ya que 1 de cada 10 mujeres sufre acoso sexual en el trabajo.

Lo que me niego a analizar es la pretensión totalitaria de elevar este porcentaje al 15 % como hace el Instituto de la Mujer, en base a un pretendido acoso técnico, que no tiene en cuenta la opinión de las encuestadas. Es el problema que tienen estas cosas, se comienza excluyendo al hombre y se acaba considerando que lo correcto es corregir la propia opinión de las mujeres encuestadas. A dónde habrá que llegar para que desde los poderes públicos se deje de apoyar tanta manipulación.

Encuesta sobre acoso III

Pues bien esta dificultad teórica de sostener con argumentos sólidos el motivo de dominio como causa exclusiva de la violencia entre el hombre y la mujer en las relaciones de pareja, se soslaya con una gran facilidad en el terreno de la práctica gracias al monopolio que viene ejerciendo el feminismo institucional en relación con este tipo de estudios y gracias al importante apoyo y ayuda recibidos de los Gobiernos europeos a través de los Institutos de la mujer y organismos equivalentes, que no sólo manejan importantes recursos sino que mantienen una relación privilegiada con los medios de comunicación, quienes finalmente jugarán un papel decisivo en la difusión de estas encuestas y en la perspectiva de género.

Este mecanismo pasa por crear un determinado estado de opinión que sigue los siguientes pasos. En relación por ejemplo con la violencia en el ámbito de la familia, se realiza un estudio en el que se excluye al varón como posible sujeto pasivo de la misma y en base a una encuesta telefónica realizada sólo a mujeres, con un cuestionario en el que violencia física y presión psicológica van de la mano se confecciona un índice que se vende a la opinión pública bajo un titular que los medios de comunicación repetirán y aumentarán a su gusto, índice según el cual 1 de cada 4, 5, 10 mujeres sufre maltrato en el ámbito doméstico. Y poco importa que tal índice haya sido confeccionado en base a un cuestionario que aplicado al hombre hubiera dado unos resultados no muy diferentes, o que amalgame violencia física y presión sicológica, pues el objetivo no es tanto el conocimiento de una realidad sociológica como un titular de prensa impactante.
Que además el ciudadano medio entienda por maltrato, violencia física, y en el índice la componente de presión sicológica sea amplísimamente mayoritaria importa poco, ya que es justamente lo que se pretende, jugar con la imprecisión de los términos para agrandar el impacto de la noticia.

A propósito de la encuesta para medir este tipo de violencia en Francia en el año 2000 Marcela Iacub y Hervé le Bras nos ponen en antecedentes cuando dicen que: “La lectura atenta de la encuesta despeja sin embargo rápidamente las dudas. Como vamos a demostrar, obtiene los resultados por una definición preestablecida de aquello que se pretende medir, jugando con la imprecisión de las palabras para engordar los malos. Los efectos de sugestión de la respuesta por la pregunta plantean dos problemas: ¿Cómo un tal trabajo ha podido ser encargado por una institución del Estado? ¿Cómo comprender que haya sido recibida con tan poco nivel de crítica? La verdad estriba en que la encuesta no pretendía tanto descubrir como revelar y que, al mismo tiempo que venía a confirmar un sentimiento confuso, se inscribía en un discurso de legitimación de un proyecto político característico de una nueva tendencia del feminismo, que ha adquirido visibilidad en el momento de votar sobre la ley de la paridad: ante la persistencia de las desigualdades entre los hombres y las mujeres, la encuesta orienta hacia una respuesta sin ambigüedad: la inferioridad social de las mujeres está sostenida por una organización de la violencia, ejercida por los hombres bajo las formas más diversas, de la que el efecto único sino el objetivo es dominar al otro sexo; entonces no se remediará esta situación más que revelando la violencia, escondida por las víctimas y ahogada por los verdugos, y puniendo a los responsables.”


Esta estrategia inaugurada por el feminismo radical americano en los años 80, actualmente es seguida en todos los países de la vieja Europa, siguiendo un mismo patrón en contenido y metodología.

Una estrategia igual de manipuladora se sigue con las estadísticas sobre diferencias salariales. Recientemente, más exactamente, el día que el Consejo de Ministros iba a aprobar el anteproyecto de Ley de Igualdad, el diario El País publicaba en portada el siguiente titular, " Los hombres cobran de media un 40% más que las mujeres en España". En los medios se comunicación rápidamente se corrió a preguntar a empresarios y políticos qué podía justificar tamaña desigualdad, pero la respuesta era siempre la misma, yo pago lo mismo a mis trabajadores que a mis trabajadoras, en mi entorno eso no sucede, hasta el propio ministro Caldera tuvo que salir a la palestra pública para reconocer que por el mismo trabajo hombres y mujeres cobraban lo mismo.

Cualquiera puede buscar entre las algo más de 8.350.000 trabajadoras algo que justifique tamaño dislate que no lo encontrará, pero en el subconsciente colectivo está que, en nuestro país existe discriminación salarial hacia las mujeres, aún cuando no sepa explicar muy bien el origen de tal opinión, y, en su entorno, familiar y laboral eso no se produzca. Llama la atención además que ningún estadístico o político haya exigido rectificar una información de ese tipo, de tal modo que tratándose de una información que sólo induce confusión y desinformación nadie se ha sentido obligado a rectificar ni tampoco han sido relevantes las voces que han exigido ese mínimo derecho democrático, de tal forma que el poso equivocado que queda en la opinión pública será aprovechado para en sucesivas oleadas demoscópicas fundamentar cada vez de forma más surrealista la investigación sociológica. La conclusión del estudio del INE, que por cierto correspondía a trabajo publicado en 2004, era sin embargo bien diferente: El salario promedio anual femenino representa, el 71,1% del masculino, aunque esa diferencia debe matizarse en función de otras variables laborales como: tipo de contrato, de jornada, ocupación, antigüedad, etc. Variables que inciden de forma importante en el salario.

También en diciembre de 2005 se publicó en prácticamente todos los periódicos del país, una encuesta cuyo titular era en todos los casos “El 80% de las chicas cree que las quieren aunque las maltraten” pero si uno se adentraba en las conclusiones del estudio descubría que eso mismo era lo que le sucedía también al 75 % de los chicos. Por qué no aparecía nunca el dato referido a los chicos o por qué el titular había sido el que fue, y no el que podía haber sido, por ejemplo, “El 80 % de las chicas y el 75% de los chicos creen que los quieren aunque los maltraten” visto en la perspectiva que aquí estamos desarrollando no precisa a mi entender mayores comentarios.

Encuesta sobre acoso II

Supone además que la violencia es un continuo que va de la presión psicológica a la violencia física, y que no cabe hacer diferenciación entre ambas. Podemos preguntarnos, sin embargo qué sucede cuando en la realidad social las cosas suceden a la inversa, mujer-verdugo, hombre-víctima. La respuesta que nos ofrece este feminismo es siempre, la “agresividad” de la mujer es una violencia de resistencia, una contraviolencia frente a la violencia del hombre, constituye por tanto una forma de legítima defensa.
De ahí que no quepa computar como tal violencia, más que la que cumple la susodicha condición, el hombre el verdugo, la mujer la víctima. Esto es lo que sucede por ejemplo en nuestra Ley contra la violencia de género, de tal modo que todos podremos conocer la cifra de mujeres muertas a manos de sus parejas o ex -parejas, lo que es mucho más difícil será conocer el número varones muertos por la misma razón, ya que sencillamente es una estadística que no se ofrece o se camufla, porque no se trata de violencia de género. Esta violencia, la violencia del hombre sobre la mujer, se nos dice sería de una naturaleza distinta a las otras violencias en el seno de la familia, incluso distinta a la que se produce en las parejas homosexuales.
Toda la complejidad de las relaciones interpersonales en el ámbito de la pareja, quedan reducidas a una única variable, el deseo de dominio del hombre sobre la mujer. Se nos dice además que esta violencia nada tiene que ver con la producida en el seno de las parejas homosexuales, a pesar de la evidencia de que los celos, los roces diarios de la convivencia, etc. son los mismos en un caso que en el otro. Lo cierto es que jamás se nos aclara esta cuestión, más allá de las consideraciones de tipo ideológico del feminismo de género actual, que en este asunto bebe directamente del feminismo radical americano del que habla la cita de E. Badinter.
Sí conocemos sin embargo pronunciamientos, que cuestionan la validez de este postulado ideológico, alguno de ellos, lo encontramos por ejemplo en el volumen colectivo “El laberinto de la violencia” promovido por el Centro Reina Sofía y coordinado por José Sanmartín, creo que nada sospechoso de mantener una actitud poco comprensiva hacia la causa de las mujeres.
Así por ejemplo en el capítulo 2. Factores sociales, apartado 2.2. Sexo, a cargo de Richard J. Gelles y Mary M. Canavaugh, se dice:
“A excepción de los casos de agresión sexual, de violencia en el seno de la pareja, y de otras formas de violencia intrafamiliar, los varones tienen, por lo general, una mayor probabilidad que las mujeres de ser víctimas de crímenes violentos –61 de cada 1.000 hombres por 42’6 de cada 1.000 mujeres (National Research Council, 1993)-. Esta clara diferencia se tiende a atribuir a las hormonas o a la genética (por ejemplo, la hipótesis rechazada hoy en día, que hace referencia al cromosoma Y extra).”
“Aunque existan pruebas que dan cuenta de la relación entre el sexo y la violencia atendiendo a las diferencias hormonales y biológicas, también disponemos de pruebas convincentes que indican que la violencia es el resultado de determinados acontecimientos y estructuras del entorno. Uno de los argumentos de peso que apoyan esta plausible explicación es que, mientras los actos de violencia contra desconocidos o en lugares públicos son perpetrados por varones en la mayoría de los casos, en la violencia familiar no se da tal diferencia. De hecho, existen datos que indican que los varones y las mujeres podrían ejercer la violencia en el entorno íntimo en proporciones muy similares (Gelles y Strauss, 1988). Así, la diferencia sexual en la violencia es en parte situacional, y no se puede explicar únicamente atendiendo a cuestiones de naturaleza hormonal, instintiva o a cualquier otro tipo de razonamiento fundamentado en factores individuales.”
Y en el apartado 3.4 se dice a propósito de la teoría feminista:
“........Esta teoría emplea unas lentes de género a través de las cuales contempla a la mujer como el objeto de control y dominio por parte de un sistema social patriarcal y opresivo (Gelles, 1993). La fuerza del modelo feminista reside en su capacidad para estimular un movimiento de bases, dando lugar a grandes transformaciones sociales, legales y políticas. Las limitaciones surgieron, sin embargo, cuando se centraron en le patriarcado como única explicación del maltrato a la esposa. La violencia en las relaciones de pareja es un fenómeno complejo, con múltiples facetas, y no puede por tanto explicarse a través de una única variable. Los factores intrapersonales, interpersonales y sociales que conducen a la violencia necesitan de un enfoque que atiende a múltiples variables y que busque y encuentre soluciones a este complejo problema social. La teoría feminista no proporciona por sí sola la profundidad necesaria en el análisis del comportamiento violento y las consecuencias que de él se derivan. Sólo si se emplea un marco sociológica que incorpore los factores sociales y psicológicos se podrá obtener una comprensión más clara de la naturaleza de la violencia familiar en particular, y de la violencia en general.”

Encuesta sobre acoso I

En este análisis sobre la encuesta: El acoso sexual a las mujeres en el ámbito laboral, presentada recientemente por la secretaria de Políticas de Igualdad, Soledad Murillo, y cuyos resultados fueron recogidos ampliamente por todos los medios de comunicación, me gustaría antes de ninguna otra cosa abordar dos cuestiones previas.
Una: el motivo que explica la cascada de legislación “de género” que nos está brindando el Gobierno socialista y, dos: el significado preciso que cabe atribuir al concepto de género en la concepción dominante del feminismo actual, conocido también por algunas autoras como feminismo institucional, por la proximidad que mantiene al poder de quien recibe su financiación y apoyo. Otros autores identifican a este feminismo como fundamentalista o radical.
Buena parte de la legislación puesta en marcha por el Gobierno socialista desde su llegada al poder se debe al compromiso alcanzado por el PSOE, cuando estaba en la oposición, con determinadas asociaciones de mujeres y al apoyo que éstas prestaron al mismo en las pasadas elecciones. Pero en buena medida se debe también a la necesaria trasposición a la legislación nacional de directivas de la Unión europea. En ese sentido por ejemplo, Elisabeth Badinter en su libro Fausse Route nos recuerda que:
“El 17 de abril de 2002, la señora Anna Diamantopoulou, comisaria encargada del empleo y de los asuntos sociales, anunciaba que el Parlamento Europeo acababa de adoptar una ley contra el acoso sexual definida así: “Un comportamiento no deseado, verbal, no verbal o físico, de índole sexual con el propósito o el efecto de atentar contra la dignidad de la persona y de crear un entorno intimidatorio, hostil, degradante, humillante u ofensivo.” No solo el acosador puede ser un colega o subordinado, sino que los términos son tan imprecisos y tan subjetivos que todo y no importa que puede ser calificado de acoso. Esta definición incluso no menciona ya, como lo hace la ley francesa actual, la noción de “artimañas repetidas”. Es la puerta abierta al visual harassment (mirada muy insistente) y otras sandeces. ¿Dónde queda entonces la frontera entre lo objetivo y lo subjetivo, lo real y lo imaginario? Sin hablar de lo que separa la violencia y la intención sexual. A título indiscutible de violencia, la señora Diamantopoulou citaba la colocación de fotos pornográficas en una pared, anunciando de esta forma que ese será el próximo objetivo. Nadie duda que estamos asistiendo a una deriva a la americana. No está lejano el momento en que, como en Princeton, será considerado acoso sexual “toda atención sexual no deseada que engendre un sentimiento de malestar o cause problemas en el escuela, el trabajo o en las relaciones sociales”.
Legislación que está en la raíz de la Ley de Igualdad en trámite de aprobación en las Cortes Generales, y muy relacionada con la encuesta que finalmente quiero que constituya el objetivo principal de este análisis.
La otra cuestión que me interesa clarificar desde le primer momento es, la significación del concepto de género en todo este asunto. Para ello, echaré mano de nuevo de una cita de la autora más arriba citada y lo completaré con algunas consideraciones propias. Dice Elisabeth Badinter: “Desde hace treinta años, el feminismo radical americano ha tejido pacientemente la red de un continuo del crimen sexual que quiere demostrar el largo martirologio femenino. En el espacio de algunos años aparecieron tres libros salidos de esta corriente que impusieron el tema de la opresión sexual de las mujeres. El primero trataba de la violación, el segundo del acoso sexual y el tercero de la pornografía. Obteniendo sus autoras Susan Brownmiller, Catharine MacKinnon y Andrea Dworkin, una considerable celebridad. A continuación, Dworkin y MacKinnon trabajaron juntas, puesto que estaban de acuerdo sobre lo esencial: las mujeres son una clase oprimida, y la sexualidad es la raíz misma de esta opresión. La dominación masculina reposa en el poder de los hombres para tratar a las mujeres como objetos sexuales. Este poder que se hace remontar al origen de la especie habría sido inaugurado por la violación. Sobretodo, a sus ojos, la violación, el acoso sexual, la pornografía y las vías de hecho (golpes y heridas) forman un conjunto que revela la misma violencia contra las mujeres. Sin olvidar la prostitución, el strip-tease y todo lo que tiene relación de cerca o de lejos con la sexualidad. El veredicto es sin apelación: es necesario obligar a los hombres a cambiar su sexualidad. Y para conseguir esto: modificar las leyes y sentarlos en los tribunales.”
Ambas cuestiones nos dan la perspectiva para situar convenientemente dicha encuesta, su fundamentación ideológica y política y su finalidad, que no es otra que afianzar la perspectiva de género en todos los estudios relacionados con el binomio hombre-mujer, cuyo contenido podemos resumir diciendo que, la sociedad patriarcal se sostiene en base a la violencia que el hombre ejerce sobre la mujer para mantenerla como un ser dominado. La violencia está sexuada, la violencia es del hombre. En esta concepción del feminismo no puede haber más que una víctima y un verdugo, la mujer víctima el hombre verdugo. El hombre ejerce violencia con ánimo de dominación, la “agresividad” de la mujer no tiene más fin que el defenderse.