Encontrar una feminista que haya realizado autocrítica alguna vez es más difícil que lo de la aguja en el pajar. Escribo esto a cuenta de una extensa referencia que El País del domingo dedica a un libro de la escritora Natasha Walter que lleva por título: Muñecas vivientes. El regreso del sexismo, en el que denuncia la proliferación de autores que recuperan la biología como factor explicativo del comportamiento de niños y niñas. No para hacer autocrítica y cuestionarse las posiciones del feminismo, que en su momento atribuyó todas esas diferencias a la cultura (léase voluntad masculina), sino para declararse víctima de nuevo, y descargar sobre los demás esa nueva forma de sexismo que ella cree ver en la constatación de que somos algo más que cultura, y que lisa y llanamente considera vuelta a los valores tradicionales.
En una curiosa inversión de lo sucedido habla del determinismo de los nuevos autores olvidando el que ellas practicaron y siguen practicando a pesar de no contar con una sola evidencia, o mejor, contra toda evidencia de que las pautas de comportamiento de niños y niñas no son las mismas. Quizá ya hayan olvidado pretensiones como la de la Consejería de educación de la Junta de Andalucía, apoyada en foros como Ahige, en la que se pedía la fijación de un profesor para evitar que los niños ocupasen más zona de patio en los recreos que las niñas porque tal cosa suponía educarlos en la prepotencia y el machismo. En lenguaje llano se venía a sugerir que si las niñas jugaban juegos de rol en círculos pequeños y los niños al fútbol ocupando un espacio más amplio, habría que prohibir a estos últimos su juego pues en si mismo significaba sexismo y machismo. Y eso, a pesar de que jamás tal separación haya impedido ni a las unas ni a los otros jugar a lo que más deseen.
Pero, lo que resulta llamativo en quien tanta fe sigue depositando en el origen “cultural” de las diferencias es, primero, prescindir de explicar por qué han fallado todas las tentativas que pretendían que niños y niñas eran lo mismo y por tanto sus comportamientos deberían ser idénticos, contentándose con hablar de “vuelta a los valores tradicionales”, pero sobre todo a qué atribuir que finalmente los niños y niñas educados en ambientes conscientemente decididos a combatir el sexismo, tal el de sus hijas, no produjese resultados diferentes a los de cualesquiera otros niños y niñas. Y aún más allá de eso, qué era lo que con el paso del tiempo decidía finalmente que él se fuese a los trabajos duros y de riesgo y ella eligiese la administración y los servicios, o por qué ellos eran quienes debían hacer la mili o ir al frente de batalla, o…
Estamos ante una nueva vuelta de tuerca de quienes pretenden explicar el mundo ocultando una mitad, -ya el título deja claro el sexo que interesa-; de quienes sin rubor pretenden que existe una conspiración universal en su contra y por tanto culpan de todo a los demás, incluso de los frutos de sus políticas pasadas; de quienes sólo son capaces de ver el lado de los derechos y jamás el de los deberes; de quienes en su ceguera de género se olvidan de que los otros también existen, sufren sexismo, son rechazados en la escuela si acaso muestran su lado más masculino o son constantemente comparados con las niñas: más tranquilas y obedientes, y que, cuando finalmente obtienen peores resultados académicos, no gozan del derecho a una mínima explicación de por qué, si eran iguales que ellas y debían jugar a los mismo juegos sus resultados resultaban tan distintos.
Creo que ha llegado el momento de decir no a que cuando es ella quien se equivoca el obligado a pedir perdón sea él como magistralmente queda recogido en la siguiente viñeta que tomo de la bitácora de Manu.