En este
asunto de la igualdad necesitamos claridad para entender lo que está pasando. Pero
eso es justamente lo que no aparece por ningún lado. La entrada anterior deja entrever por un lado
una gran desinformación pero también un intento por parte del neofeminismo de
ocultar sus verdaderos postulados e intenciones.
Mientras
el feminismo de la igualdad era hegemónico podía haber discrepancia en si el
punto medio estaba un poco más aquí o un poco más allá, pero es que el
neofeminismo no toma como referencia la igualdad sino la violencia y el
maltrato a las mujeres y ahí ya no hay punto medio posible. Ahí lo que hay
según sus postulados es un verdugo y una víctima, quien se lo merece todo –ella-
y quien lo único que se merece es el Código Penal y la cárcel –él-.
Y en
lugar de reconocer que éste es su
planteamiento, el neofeminismo se refugia en la mistificación de que constituye
la actualización del pensamiento y las prácticas del feminismo histórico lo que
inevitablemente lo conduce a incurrir en todo tipo de contradicciones,
paradojas y dobles varas de medir. Y así por ejemplo:
En
determinadas situaciones pretende que la igualdad haya de consistir en un
reparto al 50% y la perfecta intercambiabilidad de los sexos, mientras en otros,
lo que los caracterice sea la más
completa y absoluta incompatibilidad y los “porcentajes” puedan ser dispares
cuanto quieran, lo que nos sumerge en un
mundo en el que todo tipo de arbitrariedad es posible y lo que acaba
imponiéndose es la ley del más fuerte, que en este caso sobra decir de quien se
trata.
Como
pretende que la igualdad vaya a construirse desde organismos e instituciones
hechos por y para la mujer: secretarías de estado, consejerías, concejalías,
institutos, etcétera y se haya de reprimir toda manifestación crítica que
provenga de los hombres porque solo puede expresar deseo de dominación. Sería
algo así como decir: vamos a ser iguales pero de momento la libertad de
expresión está reservada al colectivo femenino.
Enmascarar su mensaje de tal modo que casi nunca aparece como de la factura de quienes son sus verdaderas mentoras intelectuales. No deja de ser sorprendentemente llamativo que al mismo tiempo que en España se combate la separación por sexos en la enseñanza, se promuevan campañas a favor de las “escuelas para niñas” valiéndose de la imagen de personajes con tirón como Santiago Segura. No sé si se quiere decir que los niños soldado no precisan ir a la escuela.
Enmascarar su mensaje de tal modo que casi nunca aparece como de la factura de quienes son sus verdaderas mentoras intelectuales. No deja de ser sorprendentemente llamativo que al mismo tiempo que en España se combate la separación por sexos en la enseñanza, se promuevan campañas a favor de las “escuelas para niñas” valiéndose de la imagen de personajes con tirón como Santiago Segura. No sé si se quiere decir que los niños soldado no precisan ir a la escuela.
Pretender
y, en buena medida conseguir, situar a la violencia de pareja –heterosexual- como una violencia
infinitamente más reprobable que cualquier otra, también la ejercida contra los niños y los
ancianos, también la que se produce en las parejas homosexuales; presentarla como la quintaesencia de la dominación masculina, y hacer
que gire en torno a ella todo lo que tienen que ver con la igualdad y el
género.
Postular
que todo se mueve en un continuo donde
el espacio y el tiempo no admiten ser
divididos y así presentar como una misma realidad lo que suceda con las
mujeres en Afganistán o Arabia Saudí, a las mujeres ricas o a las pobres, la
mujer de hoy o la de cualquier otro tiempo, para elegir de ese conglomerado, en
cada momento, lo que interesa y ocultar lo que conviene.
Denunciar
por patriarcal la ciencia hecha por los hombres, para ofrecer como
contrapartida los estudios de género. Denunciar que los tribunales
constituidos por varones discriminan a la mujer pero callar sobre lo que sucede
con los varones en los tramos de enseñanza que mayoritariamente están en manos
de las mujeres. Denunciar los espacios de varones pero promover constantemente
espacios de uso exclusivo femenino, también en ámbitos en los que jamás se
estableció como condición la pertenencia a uno u otro sexo.
Lo que sucede es que el neofeminismo carece de la legitimidad que da la autocrítica, la
denuncia de lo reprobable cuando se produce en las filas propias, de la fuerza que añade predicar con el
ejemplo y no valerse siempre de una ambivalencia y la indefinición que ante
cualquier situación salva siempre lo propio y culpa de todo al otro. Y carece de esa legitimidad porque es un
ejercicio que desconoce. Y lo desconoce tanto como cualquier ejercicio de
clarificación.