Hace falta mucha fe feminista para creer que caminamos hacia la igualdad, en la dirección de la superación de los roles familiares y sociales, o hacia la disolución de los sexos confundidos en el género. Todas estas cosas que nos viene anunciando el feminismo desde hace tanto tiempo y que constituirían su principal leitmotiv y la razón de su existencia. Todo eso que a los profeministas les sirve para decir que lo que el feminismo anuncia reporta ventajas tanto para los hombres como para las mujeres.
Es cierto que la drástica separación de los sexos existente en las sociedades tradicionales se ha visto superada en las sociedades capitalistas avanzadas, principalmente por la incorporación de la mujer al trabajo remunerado, lo que por otro lado encaja perfectamente con la dinámica capitalista de penetración y mercantilización de todos los ámbitos de la vida. Circunstancia esta que arrastra consigo otra serie de cambios, entre ellos, la pérdida de peso de la familia en lo que a educación y socialización de los hijos se refiere, que en gran medida se trasladará al ámbito público. (No pretendo hablar de un modelo universal sino del que se está ensayando en nuestro país)
Por lo demás, si se analiza con más detalle puede comprobarse fácilmente cómo tal cosa no supone una superación definitiva de los roles en el ámbito laboral, mucho menos un mercado de trabajo unificado, sino partido en dos, de tal modo que las mujeres ocuparían con absoluta preferencia el ámbito de la administración pública y los servicios, mientras son lo varones quienes deben seguir desempeñando la inmensa mayoría de los trabajos del sector primario y extractivo, de la industria y la construcción. También los relativos a la seguridad: Ejército, policía, guardia civil, bomberos… más allá de una pequeña participación femenina. Pero incluso allí donde ambos sexos coinciden se producen especializaciones.
La anécdota recogida en otro lugar de la bitácora en relación con la publicación de las cifras de paro femeninas sin referencia alguna ni al paro masculino, ni tan siquiera al total de ambos sexos, aunque simbólica, apunta mejor que ninguna otra cosa a esa concepción egoísta del género de percibir las cosas dependiendo del poder que se tiene, y si hasta este momento se comparaba con la masculina era porque era peor, pero ahora que la administración socialista ha decidido que el empleo que se cree sea para ellas, han pasado a hablar exclusivamente de lo suyo que es lo único que les preocupa e interesa. Esa extraña ética de exigir reciprocidad mientras se está o se dice estar en peor situación, pero olvidarse de tal cosa cuando las cosas cambian.
Tampoco en el plano de los roles familiares y sociales se observa un viaje hacia una pretendida igualdad que por ningún lado se observa, más bien al contrario asistimos hacia una reafirmación de las diferencias en base a la pretensión femenina, en buena medida conseguida, de blindar la idea de que los hijos, su educación y formación, ha de ser una tarea femenina de la que conviene mantener alejados a los hombres lo máximo posible, quienes en el mejor de los casos podrán asumir alguna función subalterna. De forma todavía más estricta se reserva el sexo femenino la determinación de cómo hayan de ser las relaciones de carácter sentimental antes, durante y después del matrimonio, si éste llegase a producirse.
Por lo demás, el ámbito público estaría también bajo poder femenino en base a una multiplicidad de elementos que garantizarían ese objetivo: conversión de la ideología de género en filosofía oficial, discriminación positiva, paridad, imposición de la moral de género, prevalencia en los medios de comunicación, prohibición estricta de ámbitos exclusivamente masculinos al tiempo que se multiplican los de exclusiva presencia femenina… No deja de ser sorprendente, que una retransmisión deportiva no pueda producirse si no es con la presencia de una mujer, pero desde las más altas instancias del Gobierno se puedan organizar encuentros de exclusiva presencia femenina.
Mi impresión es la de que el feminismo pretende en esta etapa histórica reacomodar los roles masculino y femenino adaptándolos al hecho de la incorporación de la mujer al ámbito público, pero sin ninguna pretensión de intercambio de papeles, que seguirían estando claramente delimitados y reservarían para el masculino un papel testimonial en lo que a los hijos se refiere, pero mantendrían lo que ha sido su papel histórico de protección, tanto en el plano social como en el individual, y el desempeño de los trabajos duros y penosos. Quizá ganaríamos tareas en el hogar como cocinar, pasar la aspiradora o la plancha.
La mujer se movería entre la administración y los servicios, lo que en cualquier caso le permitiría siempre una relación privilegiada con los hijos y la casa. La conciliación laboral y familiar se constituiría, sino se ha constituido ya, al menos en el ámbito de la Administración, en conciliación femenina. El estado pasaría a ser en buena medida el dispensador de una seguridad que en otros momentos históricos tenían encomendaba los miembros varones de la familia, con el blindaje del que hablábamos en el post anterior.
En fin, dejo aquí estas notas, consciente de su escaso desarrollo, por si pudiesen servir de acicate para iniciar algún tipo de discusión que nos permita penetrar y profundizar en ellas, ya que tengo la impresión de que por aquí está el meollo de las grandes cuestiones de las que nos ocupamos en esta bitácora.